Thursday, November 23, 2006

Ángel del ventanal

Autor: Mariano Carranza (Lima)

Me es difícil hacerme una idea de cuando la vi por primera vez, pero de lo que estoy seguro, es que Agustina Valcárcel quedó entrelazada a mi historia desde aquel instante. No supe su nombre hasta mucho después, cuando los diarios y los noticieros de la televisión la nombraron. Sin embargo, era un dato superfluo para completar su historia, pues lo mismo daba ese nombre que cualquier otro. Lo importante era hallar el nombre preciso que la definiera tal cómo la definí yo: Amalia.

Las cosas que se sucedieron hasta ese día infausto resultan vanas para referirlas. Trataré de ser directo e ir a los hechos de manera clara y precisa. Espero no detenerme en consideraciones irrelevantes que no aportaran nada al relato. Y sin embargo, soy conciente de que lograr una economía de medios para que me entiendan resulta una tarea casi imposible. En todo caso, haré el esfuerzo por eliminar los detalles que no ayuden a echar un poco de luz sobre la historia, mi historia, y si es posible sobre la historia de Agustina, mi Amalia.

La madrugada de aquel viernes en que terminó la pesadilla, está plagada de un sin fin de hechos que no me permiten aún –a pesar del tiempo trascurrido–, tener una idea clara de lo que me impulsó a dar ese último paso que acabó con la vida de Agustina y también con la mía, de una manera trágica. Debo ser sincero, yo no tenía nada contra Agustina y sí mucho que agradecerle. Quizá lo tenía contra Amalia. O quizá no me entiendan, y lo que digo parezca el sinsentido de un vulgar homicida; por lo tanto, es indispensable que empiece por referir que la primera vez que la vi fue a través de mi ventana que domina la calle. No sé cuándo hizo su aparición, pero lo cierto es que yo podía saborear la exquisitez de esa figura que cada día recorría por unos breves instantes la fachada de mi casa con destino desconocido, ignorante de mi presencia.

Mi noción del tiempo se había ajustado a esas brevísimas interrupciones y no necesitaba mirar ningún reloj para saber que ella estaría allí, dentro de aquel recuadro, en unos instantes y por unos instantes. La verdad era que esa chica de mirada perdida se había ido instalando en mi cotidianidad de un modo perverso.

El trabajo, mí trabajo, más que verse afectado por esas interrupciones que me apartaban por unos momentos de él, se veía fortalecido y diría que, era imposible continuar si es que ella no hacía su aparición. Una sensación de angustia se apoderaba de mí, y esto irremediablemente lo trasmitía a lo que estaba realizando. Pero lo extraño fue que esta sensación de angustia y desesperación se fueron dando gradualmente. Al principio era manejable en cierto modo, bastaba dejar lo que estuviera haciendo y salir por las calles hasta que me calmase. Lo terrible fue cuando su aparición se me hizo imprescindible y ya no podía continuar si su presencia no había aparecido ante mi fachada, y más precisamente ante mi ventana.

Hubo días en que no apareció y me era imposible continuar.

Era terrible tener que esperar hasta volverla a ver para emprender otra vez lo que en ese momento me importaba más que cualquier cosa. Yo sabía que algo inconcebible estaba sucediendo, pero aún no medía el tamaño del desastre. Mi obra iba a la par de la presencia de ella. Era como si mi escritura estuviese poseída por ella e, indefectiblemente viviese con cada latido de ella, hasta no poder prescindir de ella.

Cuando llegué a ese estado intolerable de dependencia, me fue imposible volver atrás y abolir lo que estaba haciendo. Mi trabajo llevaba algo de tres años de intensas búsquedas, y cuando por fin creía que había dado con el personaje perfecto que completara mi historia, ella había irrumpido como una suave ventisca. La vi recorrer lentamente por esas páginas y cada día tenía que nutrirme de ella para poder seguir adelante. Mi obra también me lo exigía y había dejado de ser un asunto mío.

Alarmado por el descontrol de la situación tomé una determinación: transgredir los límites en donde ambos nos habíamos mantenido hasta el momento.

La sensación fue extraña y desconocida. Como si hubiera ingresado a una dimensión distinta. Me sentí desconcertado ante este nuevo estado de mi ser, pero no me amilané. Un día, decidido, esperé a que se adelantara unos pasos para no despertar ninguna clase de suspicacia en ella. Vi que no tenía de qué preocuparme y que su atención estaba puesta en cualquier otro lugar muy lejos de ahí.

Anduve algunas cuadras tras ella y en ninguna ocasión se le ocurrió voltear a mirar hacia atrás. Iba como en ensueños hasta que de golpe se detuvo ante una puerta. Ni siquiera en aquel momento miró hacia donde yo me hallaba, sino que tocó el timbre de una vieja casona de esas que abundan en esta ciudad, y que están a punto de colapsar por el deterioro y la falta de mantenimiento, y se cruzó de brazos a esperar a que le abrieran.

Pasaron unos instantes y efectivamente alguien abrió la ruinosa puerta, y ella ingresó raudamente.

Me llamó la atención la prisa con que se llevó a cabo la operación: abrir – entrar.

Mis pensamientos iban en una dirección y otra y no se detenían.

Aquella vivienda no aparentaba ser una vivienda común y corriente como tantas otras que la circundaban. Las ventanas estaban cerradas y tapiadas con cartones para que su interior no sea de ningún modo hurgado desde el exterior, y era como si la intención fuera sustraer cualquier motivo que llamase la atención sobre ese inmueble. Hacerlo lo más imperceptible que fuera posible ante cualquier mirada ajena, pero el efecto era lo contrario: aquella casa llamaba la atención precisamente por eso mismo, por el exceso de recaudos que la hacían de una visibilidad sospechosa.

Llevaba un buen tiempo en ese lugar sin saber qué hacer, cuando unos hombres se acercaron a la casa. Los mismos movimientos que se dieron antes con la muchacha se repitieron con esos hombres. Mi primera actitud fue de estupor –y no porque sea un moralista–, pero poco a poco fui saliendo de ese estado para entrar a otro mucho más real. Luego que esos hombres salieron, vi un cierto movimiento de sigilo que se iba apoderando de las personas que entraban y salían del lugar, conforme caía la noche. Era demasiado tarde y aún me hallaba frente a esa vivienda ya sin importarme lo que pudiesen pensar de mí. Empezaba a hacer frío y hubiese querido marcharme, pero en mi interior sabía que no lo iba hacer. La noche se había instalado plenamente y esa casa filtraba pruebas de ocupación que durante el día lograba disimular, a pesar de todo.

Vi con horror lo que se me había ido confirmando mientras permanecí allí. Vi con horror también cómo todas aquellas presunciones con las cuales había empezado a convivir con respecto a aquella muchacha –y que eran indispensables para mi trabajo– eran falsas, y que todo mi esfuerzo que casi había llegado a su culminación había sido en vano.

Entreví en un instante que esa vida que escrutaba no se ajustaba en lo más mínimo a mi escritura incauta y que las consecuencias podían ser catastróficas. Vi con espanto cómo años de mi vida se iban de manera irremediable por la cloaca de aquella casa que miraba con arrobamiento.

Pero eso lo pensé antes; pues ahora estaba calmado.

Todo lo había previsto luego de haber regresado ese mismo día a mi casa para quemar esos papeles que ya no los necesitaba.

Y mientras había vuelto y esperaba al borde de la madrugada –con la firme intención de clausurar una historia que había dejado de pertenecernos a ambos–, podía sentir debajo de la chaqueta, la fría superficie de aquel tubo metálico que en aquel momento sujetaba.