Monday, April 28, 2008

Ripucuchcaniñam ccamña allimlla

Juan Osorio Ruiz

Mi bisabuela llegó desde Huancavelica unos meses después de la muerte de mamá, a mitad de una tarde en la que las ventanas lagañosas impregnaban de frío la sala de mi casa. Llegó del brazo de mi padre, su nieto, envuelta en sus innumerables polleras, luciendo un sombrero gris decorado con coquetos ribetes rojos, saludándonos con tiernas frases quechuas llenas de diminutivos y con una minúscula maletita en la que traía todo lo que necesitaba: una que otra prenda de ropa, una bolsita con menjunjes que sólo ella sabía utilizar y el álbum de fotos familiares de contenido casi arqueológico.

Una vez instalada en la que era hasta entonces mi habitación, mi padre nos convocó a mis hermanas y a mí para pedirnos estar siempre solícitos y atentos con ella por lo avanzado de su edad. Sin embargo, pronto descubrimos que mi bisabuela tenía la rara cualidad de anticiparse a todo, y a todos: se levantaba muy temprano y con el caminar propio de quien ha comprendido que hay un momento en la vida a partir del cual toda prisa es inútil, pues todo plazo se vence y toda prerrogativa se acaba, se dirigía a la cocina a preparar el más viscoso y más delicioso quáker con leche del mundo. Y antes de que cualquiera de nosotros dijera “Buenos días abuelita” ya estaba ella disponiendo las ollas y cortando las verduras en trocitos de exactitud matemática para prepararnos el almuerzo. Y mientras se cocían las verduras y echaban color los guisos, se sentaba al lado de la cocina a gas, que desdeñaba en un comienzo, a saborear sus trocitos de pan remojados en quáker con leche, haciendo largas pausas y dando mordiscos suaves y periódicos, cual sacerdote en ofrenda eucarística, con una parsimonia que no era producto de la disminución de sus fuerzas, sino de su sabia actitud ante la vida.

Mi abuelo, su hijo, había llegado también a nuestra casa un mes antes a insistencia de mi padre pues los muchos años de bohemia le estaban pasando factura (intereses moratorios incluidos) y aunque a regañadientes, había sido internado en una clínica cercana donde tratarían de curarlo. No había pasado ni una semana desde la llegada de mi bisabuela cuando recibimos la noticia de que los riñones de mi abuelo habían dejado de funcionar. Tras una corta agonía falleció por insuficiencia renal.

Dicen que mi bisabuela había criado a mi padre, su nieto, a mi abuelo, su hijo; había cuidado también de su esposo, mi bisabuelo, y desde muy corta edad, se había encargado de la atención de su padre, mi tatarabuelo. A la luz de los resultados, su caprichosa buena salud no había sido un don tan preciado pues mientras los eslabones más antiguos de esa cadena interminable que es una familia, se habían ido muriendo, a ella le había tocado en suerte mantenerse a pie firme sosteniendo la cadena, sepultando a los más antiguos, y cuidando de los más jóvenes sin emitir queja alguna.

Al contrario de lo que todos pensábamos, la partida de su hijo, mi abuelo, no la afectó demasiado, parecía siempre encontrarse de buen ánimo, excepto algunas mañanas muy temprano, cuando yo la sorprendía sentada en el jardín interior de la casa, con la mirada perdida y hablando sola con ese tonito arrullador que sólo la gente de la sierra es capaz de pronunciar, delicioso, melancólico y musical.

A partir de la muerte de mi abuelo fuimos nosotros, sus bisnietos, los destinatarios de toda su atención; sus mimos se hicieron más prolíficos, sus comidas más reconfortantes, las conversaciones en quechua con mi padre fueron más subliminales a mis oídos y los tejidos de tupida lana con los que nos enfundaba para soportar el frío serrano no tuvieron comparación.

Pero pronto la acrobática economía familiar fue ensombreciendo nuestro cómodo chalet como se oscurecen las tardes antes de una severa granizada. Mi padre era un policía ejemplar pero un pésimo negociante. Y si bien al comienzo no todo el dinero se perdió en las dislocadas empresas que iniciaba, su soledad terminó deprimiéndolo y conduciéndonos a todos a los linderos de la ruina.

Así pasaron varios meses en los que algo fue cambiando en casa. A medida que mi padre se sumía en más deudas, los cariños de mi bisabuela fueron adquiriendo una dimensión distinta, aunque se mostraba excesivamente maternal, nosotros ya estábamos bastante crecidos como para aceptarla como reemplazante de nuestra madre. Aunque no era su culpa, había llegado a nuestra casa demasiado tarde, a destiempo. Así que pronto sus cariños nos hostigaron, sus comidas perdieron el encanto y hasta mis hermanas prefirieron enfrentar al frío invierno en los brazos de algún adolescente oportunista y ya no con las chompas de lana tejidas por mi bisabuela.

Entonces ella, silenciosa y discreta, no hacía mayor cosa que acurrucarse al lado de la cocina a gas, que ya no desdeñaba tanto, inquebrantable en su intención de confeccionar innumerables prendas de lana con la esperanza de que alguna vez volviéramos a usarlas.

Así, nuestra anciana huésped fue paulatinamente convirtiéndose en un mueble confinado en un rincón de la cocina, aferrada a sus costumbres e imposibilitada de comunicarse con nosotros por las distancias del idioma y las insalvables brechas abiertas por el tiempo y las circunstancias.

Aquella noche mi padre había llegado borracho a casa y mi bisabuela, diligente como siempre, le había servido una gran taza de café cargado, lo había llevado hasta su dormitorio y le había intentado quitar los zapatos antes de recostarlo en su cama. Mi padre, obnubilado por el alcohol, se había empecinado en dormir con los zapatos puestos, algo que para mi abuela era inaceptable. “Déjame tranquilo que tú no eres ni mi esposa, ni mi madre” le había imprecado. Tras una pausa prolongada, ella sólo llegó a decir: “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla” y en silencio se retiró a su habitación.

A la mañana siguiente, cuando me levanté, encontré ropas tiradas a lo largo del oscuro pasadizo que conducía al jardín interior; allí, junto a la puerta, se encontraba mi bisabuela sentada en una diminuta banca que se ahogaba entre sus polleras, cortando con unas viejas tijeras la última chompa que había tejido con incansable esmero. Sus labios susurraban una cancioncilla medio triste y medio dulce que me pareció reconocer, quizá de algún tiempo remoto en el que yo aún no existía.

Caminé hasta colocarme junto a ella, sus delicadas manos soltaron las tijeras y me acomodaron el cabello dándome luego la usual nalgadita convertida en caricia. “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla huahua”, me dijo a mí también. A pesar de no entender el significado de aquella frase impronunciable para mí, supuse que quería que la dejara sola. Mientras ella retomaba sus insondables pensamientos me escabullí hasta el umbral de mi dormitorio desde donde todavía podía verla. Su canción terminó unos minutos después para dar paso a un silbido entonado, alternado con gorgoritos deliciosos que me hicieron sonreír. Y con toda calma, como la había visto desde su llegada, se levantó y caminó hasta su cuarto, abrió aquella diminuta maleta con la que había arribado, sacó las fotos que guardaba celosamente y las puso en su velador, en su lugar introdujo los retazos de las prendas de lana que había cortado; la cerró sin prisa, la puso debajo de su cama y se acostó.

La mañana estaba sorprendentemente quieta y tibia, las paredes verde pastel de su habitación hacían ver su cuerpo más pequeño y más distante. Alguna avecilla dejaba oír su trinar en el preciso instante en el que comprendí lo que sucedería después.

Con la mirada incrustada en el techo se persignó juntando sus manos, rezó con ese repetido susurro algodonoso y cuando hubo terminado se persignó, tomó la colcha que le llegaba hasta la cintura y se cubrió el cuerpo y luego el rostro, hasta quedar en la posición exacta en la que quedan los muertos. Y luego partió, partió en busca de la muerte que la había dejado olvidada en mi casa.

Monday, March 31, 2008

Quipu 2 - El jardín de los onanistas

El segundo autor elegido en esta nueva etapa del Proyecto Quipu es Álvaro Díaz Ávila, chiclayano de veinticuatro años, que estudió periodismo y que ahora dice dedicarse a algo “que no tiene nada que ver con eso”. Para esta quincena los jurados fueron Daniel Salas y Gustavo Faverón. Se le recuerda a quienes quieran participar que pueden enviar sus cuentos o poemas al correo gfaveron@gmail.com. Los cuentos no seleccionados para una quincena serán considerados para las quincenas siguientes.

EL JARDÍN DE LOS ONANISTAS

Álvaro Díaz Dávila

¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué soy yo aquí? Soy un pincho parado.

(Fue lo que dijo el poeta chiclayano Juan Ramírez Ruiz en una reunión de amigos una noche cualquiera).

Bruno ha desaparecido y nadie sabe dónde está. Hace meses que salió de su casa y se perdió para siempre de la vida de todos. Hasta ahora lo siguen buscando, pero creo que ya sin esperanzas de encontrarlo. A medida que los meses han ido avanzando, el recuerdo de Bruno se ha convertido en un fantasma que se filtra en nuestras vidas, en nuestras conversaciones y en nuestros sueños. Ayer soñé, por ejemplo, que a Bruno se lo llevaba un cohete espacial que decía con letras negras “La Incertidumbre”. Por eso, yo al menos, no he dejado de pensar en él ni en las posibles razones de su desaparición; una desaparición que al principio resultó extraña, pero que después regresa a nuestras especulaciones como una escalofriante consecuencia lógica, como si el destino de Bruno se hubiera condenado a sí mismo a evaporarse, a desintegrarse voluntariamente en su propio y patético drama de un artista que no sabe quién ser.

Un día me dijo: “No sé lo que pasa, pero siento que todas las chicas con las que he estado son la misma, todas han sido la misma mujer solo que con diferente cuerpo, como si en cada una de ellas se repitiera un mismo prototipo, una misma forma de ver la vida”. Esa idea lo estuvo torturando por mucho tiempo. La vida de Bruno, como sus mujeres, se repetía constantemente desde niño, como dando círculos sobre lo mismo, y por alguna razón que no entiendo, un día Bruno se da cuenta de eso. Esas cosas no las entiendo. Era como si, de pronto, Bruno hubiera decidido despertar, o en todo caso, lo hubiesen despertado de manera imprudente y empezara a darse cuenta de que la vida consistía en algo más. Bruno a cada instante nos decía que de chico pensaba que la vida le tenía guardada una sorpresa, nadie se lo había dicho pero él estaba convencido de eso, y él mismo ha vivido --nos dijo-- como si su vida no fuera su verdadera vida, porque su verdadera vida vendría luego, y sería distinta, más divertida, pero eso lo pensaba desde niño, pero ha ido creciendo y creciendo y me he sentido muy pequeño, muy defraudado, todo es tan difícil, tan grande, tan lejos de mí, ahora me he convencido de que la vida no me tenía guardado nada, vida pendeja, y ahora estoy caminando a oscuras. Sus palabras.

¡Ay! Qué habrás estado esperando de la vida, Bruno. Antes Bruno vivía feliz y triste, triste y feliz, su vida de lo mismo: sus canciones de siempre, su madre, los programas de televisión de siempre, sus amigos de siempre, sus enamoradas --todas iguales-- de siempre, sus tormentos cotidianos de siempre, su maniática sensibilidad de siempre, todo mezclado en un torrente de emociones que lo demolían diariamente y lo hacían componer canciones bonitas; sí, bonitas, pero nunca totalmente desgarradoras, bonitas pero que nunca terminaban por decir lo que él realmente sentía, bonitas pero no realmente buenas; y Bruno descubrió eso también y se regañaba a sí mismo, y se deprimía, se ofuscaba y sufría una pequeña desesperación interna. Una pequeña desesperación interna que yo supongo es la misma que siente alguien que se da cuenta que su vida es una farsa. O la misma desesperación interna de alguien que pudo ver su futuro a través de una ventana y lo que vio fue un túnel muy oscuro y casi infinito. Cosas así sin exagerar.

La vida de Bruno empezó a cambiar. Primero, con ligereza, con repentinas y extrañas decisiones y cambios de humor, y luego con más fuerza e intensidad hasta llegar a convertirse en un verdadero delirio melancólico. Hasta llegar a convertirse en un sueño confuso o surrealista. O algo así, porque con Bruno la realidad simplemente dejaba de ser la realidad; como cohetes que llevan escritos las palabras “La Incertidumbre”. De plano, confieso que la idea me entusiasmó, a mí me parecía realmente divertido que un artista mediocre y sin confianza en sí mismo como él llegara a ensimismarse y a interrogarse tanto sobre su propia vida, que lo haya hecho desconectarse con la realidad. Porque yo conocía muy bien la vida de Bruno, de su timidez, de sus historias corrientes, de sus amoríos con discreta emoción, de sus sufrimientos adolescentes y anodinos, de las cuatro o cinco bandas, libros y películas que forman su reducida enciclopedia cultural, de su incapacidad de acercarse a los riesgos y tomar decisiones trascendentales, de almacenar en su mundito interior sólo programas de televisión de infancia, de su romanticismo empalagoso como el chocolate. En el fondo y en apariencia, Bruno era un niño. Uno lo miraba y era imposible resistirse a su encanto de chiquillo inquieto y dulce; hablabas con él y creías que hasta hace un rato había estado jugando en un jardín escolar. Había cumplido veinticinco años pero aún llevaba dentro de sí la inconsciencia y la espontaneidad de un niño; no he conocido a alguien tan espontáneo como Bruno, era impensable encontrar en él una premeditación, o una interrogación exagerada de las cosas. Bruno hablaba y se comportaba desde su “yo”, su único y valioso “yo”. Un niño Bruno condenado a ser atravesado por sus emociones, a dejar que la vida lo traspase sin pensar demasiado, sin profundizar mucho en nada, la contradicción de una lágrima en constante caída acompañada de una sonrisa eterna. Pero Bruno cambió y yo la verdad esas cosas no las entiendo. ¿Cómo es que un chico ordinario como Bruno pudo volverse líricamente loco? O hermosamente loco, o fascinantemente loco, o entrañablemente loco. Por lo general la gente no cambia así, drásticamente, y entonces a lo mucho Bruno se deprimía una o dos noches, pero hubiese regresado a su mediocridad cotidiana, porque así somos los chicos ordinarios, y porque Bruno, como cualquier otro chico ordinario, olvida inconscientemente las preocupaciones que pudieran estremecerlo, y eso porque carece de profundidad. Y así, sin dramatismos, se podía pasar la vida hasta morir en dulce ignorancia. Sin embargo Bruno se despertó un día y un cohete llamado “La Incertidumbre” se lo llevó de su mundo para depositarlo en el planeta de todos nosotros. Desde entonces Bruno preguntaba sobre la vida, la muerte y el sentido de las cosas y al principio uno lo escuchaba y se reía, porque nadie pensó que las cosas se irían tomando demasiado en serio. Por mi parte yo ya empezaba a observar la vida de Bruno con especial gozo --en realidad me moría de la risa--. Me convertí en seguidor silencioso de su progreso de artista confundido, afanoso en conocerse a sí mismo. La personalidad de Bruno se hacía –graciosamente-- más compleja y contradictoria. Dentro de él empezó a nacer –graciosamente-- su otro yo autodestructivo y malsano. Y Bruno se quedaba largos ratos en silencio, mirando el techo. El techo. Y Bruno caminando de aquí para allá buscando un pensamiento. Un pensamiento. Probó la marihuana, aunque fracasó en sus locas ganas de volverse un adicto porque le incomodaba sobremanera su efecto. Bruno sufriendo por el tiempo, a quién denominó su principal enemigo. Esta angustia por el tiempo perdido se desencadenaba de un momento a otro, cuando él advertía que lo que estaba haciendo no servía de nada para sí mismo, entonces, por ejemplo, en mitad de una película a la cual Bruno no le encontraba “esencia”, se paraba y se iba, ¿a dónde?, a estar conmigo mismo, nos decía. O de pronto, una mañana a Bruno lo veías corriendo, literalmente, diciendo que aquel “fantasma de vacío” lo perseguía y no había que dedicarle más tiempo, por eso corría porque tenía que coger un libro, o escuchar un disco.

Su primer trastorno fue la paranoia con su voz. Empezó a preocuparse por su voz, estaba convencido de que su voz no era la misma siempre, que cambiaba constantemente conforme a su estado de ánimo, o a lo que él llamaba su “fuerza interior”. Se convenció tanto a sí mismo de esa idea, que uno de verdad empezaba a notar las diferencias, entonces a veces se le notaba seguro, con buena pronunciación, hablando con énfasis cada palabra, y otras, se le notaba cansando, frágil, incluso hasta tartamudeaba. Era el reflejo de estados interiores, y por eso, lo que añoraba, era una voz suave y áspera, una voz suave que se dilatara con el viento.

Pasaba todo esto y a mí me parecía que todo lo que hacía Bruno lo apañaba de ternura e ingenuidad. Yo lo miraba, y lo convertí rápidamente en mi héroe personal, aquel personaje cotidiano y ordinario que hace todo lo posible por revelarse contra su destino de la eterna repetición de lo mismo. En el fondo, Bruno anhelaba apasionarse con algo, no sé si habrá llegado a esa conclusión, pero estoy seguro de que lo que Bruno buscaba era aquella pasión que le diera algo de sentido a su vida. Pero la pasión siempre le fue esquiva, desaparecía de su ser como arena entre las manos, llegaba a su vida como relámpagos fugaces, verdaderos y efímeros momentos donde realmente “sentía” la vida, aunque eso se desvanecía rápidamente y regresaba a su frivolidad diaria. De eso trata su locura, de aquel delirante deseo de agarrarse de aquello que lo hiciera sentirse vivo, era un náufrago que se hundía en el mar de la convencionalidad, y donde la única salvación era lo trascendente, lo inmortal y lo superior. Pero el camino a ello no era el conocimiento ni la intelectualidad, sino la pasión, es decir, la sangre en las venas, la presión en el estómago, la exaltación de los sentidos, la emoción pura, y en los últimos meses que lo vimos luchaba por alcanzarlo, o al menos jugaba a que luchaba.

En todo ese tiempo Bruno mantuvo una relación con Leila, su última novia, a quien amenazaba con dejarla mil veces, de las cuales cumplió tres, para luego regresar a los brazos de la pobre y confundida Leila, convencido de que no podía vivir sin ella, pero atormentándose porque en el fondo no la soportaba por ser tan convencional e incapaz de entenderlo. Pero Bruno la necesitaba, eso era evidente. Leila era la primera oyente de sus canciones, la única discípula de sus doctrinas, la cómplice infalible de sus proyectos. Leila estaba allí siempre porque lo amaba, porque le creía todo. Y si quiero ser tajante en este punto, diría que si alguna vez Bruno llegó a ser algo de lo que pensó para sí mismo pues lo fue para Leila. Y fue Leila la primera en convertir la desaparición de Bruno en un suceso místico, y por ratos, cuando se emocionaba, en profético. Porque Leila sentía que lo estaba perdiendo, que se le escapaba de sus brazos, que lo veía y era como si no estuviera, como un vacío, y Bruno con sus besos le estaba diciendo adiós. Cuando empecé a escribir esta historia indudablemente lo primero que hice fue buscar a Leila y hablar sobre Bruno. Leila fue la única testigo de los últimos días con nosotros. Me hice muy amigo de ella y pude sacarle detalles muy personales. Leila me cuenta por ejemplo que los últimos cinco días casi no salía de su cuarto para nada. Bruno aún vivía con sus padres y ellos se preocupaban por alimentarlo, aunque ya casi no tenían ninguna comunicación. Salvo Leila, quien se quedaba a dormir con él y hacían el amor de vez en cuando. Me contó incluso que en el acto sexual Bruno actuaba de manera rarísima; se colocaba encima, escondía la cabeza entre el cuello y el hombro de Leila y no decía nada y no emitía ningún ruido, solo escondía la cabeza y se movía por unos segundos hasta terminar. Las últimas veces habían sido así y para Leila se convirtió en un acto casi de gratitud. Ella entendía eso como que Bruno salía de su refugio en sí mismo para aplacar lo más rápido posible esa necesidad “desagradable”. Esa fue la palabra que utilizó Bruno para referirse al deseo sexual: desagradable. Y con esa palabra escuché --y también entendí-- otro de los grandes tormentos que soportaba Bruno casi en silencio: su incontenible apetito sexual. Yo no lo sabía, pero Bruno nunca había dejado de masturbarse. El sexo parecía envolverlo, sofocarlo, torturarlo tanto que lo odiaba. Era una adicción secreta que lo consumía todos los días, pues no podía dejar de pensar en sexo, y eso, decía él, era la más terrible de sus desgracias porque lo separaba de su esencia artística y espiritual, cosas de Bruno. Cuando me contó esto Leila yo me reí, pero ella me dijo no te rías. Para Bruno esto era muy serio. Un día Bruno estuvo pensando tanto en el asunto que soñó algo escalofriante. Soñó que unos hombres viejos vestidos de niños jugaban en un enorme jardín, y mientras jugaban se estaban masturbando. Es decir que mientras corrían y daban vueltas se estaban cogiendo el pene. Y no paraban de masturbarse hasta que se juntaron entre ellos y se tiraron al pasto para tener un orgasmo casi simultáneo, y todos a la vez entraron en un trance delirante de gritos y sonidos para luego descansar como niños con un dedo en la boca.

Hace varias semanas que estoy tratando de escribir esta historia. La corrijo y la reescribo constantemente. Tengo miedo de no expresar exactamente lo que pasó y sobretodo, no quiero reflejar dramatismos. Porque aquí todo tenía el aspecto de broma, un chiste corriente que deja de ser gracioso en el momento en que Bruno desaparece de verdad. Hasta antes de ese momento Bruno es cándido, travieso, frágil, pero nunca valiente, nunca capaz de cumplir lo que hizo luego. Y fue justamente ese sueño que me contó Leila lo que realmente me motivó a escribir. Me quedé muchos días pensando en aquel sueño y llegué a entenderlo como un simbolismo de su vida y me pareció un sueño fantástico. Entendí que Bruno era uno de aquellos viejos que corría por todo el enorme jardín sin parar de masturbarse, porque el estar en constante masturbación era su manera de “negar” la realidad, de no aceptarla, de satisfacerse consigo mismo y no necesitar de nada más que su cuerpo. Entonces Bruno prefiere masturbarse y seguir jugando en ese enorme jardín que era el mundo, para luego dormir con un dedo en la boca. Y así y así hasta hacerse viejo.

Estoy seguro de que Bruno se dio cuenta de eso y por eso tampoco dejó de pensar en aquel sueño, y su graciosa y exagerada desesperación por cambiar tuvo que ver con que quería dejar de ser ese viejo que no dejaba de masturbarse. Porque para mí su instinto sexual solo componía una parte de su compleja personalidad, y en realidad su masturbación era generalizada, es decir, vivía masturbándose con sus manías, con sus miedos, con sus complejos, con su ternura; gozaba con todo su ser y se acostumbró tanto a eso que no quería vivir en otro mundo que no sea con su propia satisfacción. Pero por alguna razón que no entiendo, Bruno quiere romper esa burbuja, ese mundito interior de autosatisfacción. Se sintió vacío, se sintió niño, se sintió inmaduro.

Una noche, meses antes de su desaparición, hablamos acerca de su futuro. Aquella vez Bruno había estado tocando sus canciones; estaba excesivamente inquieto, expresivo y de buen humor, hablaba y cantaba con graciosa vanidad, una vanidad repentina y exagerada, producto más de la exaltación y del vino que de su verdadera y frágil personalidad. Lo que pasa es que Bruno sabía que estábamos disfrutando de él, de sus manías al hablar, de sus canciones tiernas, de su voz, aquella original voz de tonalidades fuertes y ásperas que le dieron algo de estilo. Y en eso estábamos, escuchándolo cantar y hablar, hasta que, no sé por qué ni de dónde salió, decidimos increparle sobre su futuro como músico. Lo que recuerdo es que la idea inicial no tenía otra pretensión más que la de alentarlo a que pensara un poco más en lo que puede hacer con su música, a manera de un regaño de amigos. Según nosotros, era una forma de darle a entender que nos parecía demasiado bueno como para que siguiera desperdiciando su tiempo, aunque no teníamos tampoco ni idea de qué es lo que se debe hacer para llegar a algo, así que, mientras la conversación avanzaba nuestra idea se convirtió en una serie de comentarios torpes e inútiles sobre lo que debía hacer Bruno con su vida. ¿Qué más podía hacer Bruno?, quizá ninguno de nosotros se había preguntado eso de verdad, después de todo tenía su banda, había grabado, como pudo, sus canciones en un disco que repartió a sus amigos, tocaba constantemente en conciertos locales y cada vez estaba componiendo mejores canciones en un proceso creativo que él encontraba necesario y motivador; pero ¿Bruno era lo suficientemente bueno como para llegar a algo más? Esa noche nos comportamos como unos tontos, y nos pasamos largo rato deliberando sobre el destino de nuestro amigo Bruno, quien minutos antes estaba jugando de lo lindo a ser un cantante especial, sensible y seguro de sí mismo, pero después de haber sido sermoneado por nosotros empezó a sufrir un entristecimiento envolvente que parecía devorarlo y que se reflejó claramente en su semblante pálido, en su mirada fija sobre la nada y en sus comentarios que se fueron reduciendo a monosílabos distraídos y lacónicos. A veces me inclino por pensar que esa noche empezó a cambiar algo dentro de Bruno.

En una de sus últimas noches con Leila le dijo mientras miraba las estrellas por la ventana: “yo creo que el último día de mi vida será como este, mirando las estrellas y sin haber entendido nada”

Marzo del 2008

Monday, March 17, 2008

Primer Quipu

Dos cuentos de Julio Meza

Para la primera edición quincenal de esta nueva etapa de Quipu, se recibieron seis decenas de textos de jóvenes autores (no todos llegaron a ser revisados, muchos de ellos se juntarán con otros cincuenta textos llegados en los últimos quince días). Los jurados encargados de esta primera selección fueron Javier Gárvich y Ernesto Carlín, quienes eligieron de común acuerdo los dos cuentos enviados por Julio Meza, subrayando sobre todo uno de ellos, “El árbol”. Julio Meza (Lima) tiene veintisiete años, es un abogado graduado en la PUCP que ahora se dispone a estudiar literatura en esa misma universidad. Ha publicado un libro de cuentos, Tres giros mortales, en la editorial Casatomada que dirige Gabriel Rimachi. Administra un blog de crítica de rock llamado Atrapa la Luz (www.atrapalaluz.blogspot.com).


El árbol

Al este de un cielo de nubes blanquecinas, el sol se levantaba con su característico vigor matutino (parecía un hombre luminoso que se despereza exhibiendo una panza abultada) y, con su fuerza natural, lanzaba sus rayos amarillos que producían iridiscencias en las rocas de los cerros imponentes. Varios metros más abajo, en el pueblo, las tejas rojizas y las ventanas de las fachadas brillaban por el emerger de la mañana, y estos pequeños resplandores formaban raras constelaciones que podían verse desde las lejanías. En la plaza, la iglesia mayor proyectaba una sombra alargada, que aumentaba de tamaño hasta atravesar el asfalto, ingresar al jardín central y refrescar la banca de madera que acogía a un mendigo. A una cuadra, en la calle que conducía al río de aguas tranquilas, se encontraban las casas de las personas más pudientes, y, por ello mismo, el sector más cuidado y agradable de todo el valle. Una de esas construcciones, que se ubicaba en una esquina concurrida, era la del señor, un hombre de edad avanzada, pero con un cuerpo tan recio que daba la idea que los años, en vez de afectarle, le habían dado una fibra invencible. Frente a su puerta principal, por donde recibía las visitas de sus pares, se ubicaba el resultado de las décadas completas que había llevado en ese lugar: un árbol de raíces profundas, tronco grueso y firme, y ramas y hojas de una gran abundancia.

-¡Cuánto se demora este bruto! -dijo el señor, saliendo a la vereda para buscar al jardinero.

A una centena de metros, el jardinero venía caminando lentamente, como si reflexionara con paciencia antes de dar cada paso. Sobre su espalda encorvada, y en una bolsa de rafia, llevaba sus herramientas de trabajo, algunas ropas y un frasco con gasolina. “Pero qué rico”, pensó, luego de sentir el calor del ambiente en su cuerpo, y se puso a silbar. La melodía que brotaba de sus labios era en apariencia alegre, pero tenía una corriente subterránea que la tornaba melancólica y, en algunos momentos, hasta vertiginosamente triste. Por más que se esforzó (puso un dedo en su boca y junto los dientes), no logró evitar el aire oscuro de su música. “Parece que mi interior me manda un mala señal”, caviló, y, sin embargo, continuó soplando con ritmo.

Luego de pasar por una bocacalle, vio al señor, que exhibía un rostro de exasperación, y recién avanzó con rapidez, pues entendió que estaba llegando tarde. “Uy, el señor está amargo, creo”, pensó.

Ya delante de su patrón, bajó sus cosas y saludó con verdadero cariño: - Señorcito, buenos días. ¿Cómo se encuentra hoy?

-A ti que te importa cómo estoy -respondió el señor, agresivamente-. Debiste aparecer hace media hora.

-Sí, señorcito -dijo el jardinero, bajando la cabeza-. Pero no se moleste. Al fin y al cabo, he llegado ya, ¿no?… Dígame, ¿para qué soy bueno?

-Primero, la próxima preséntate más temprano -manifestó el señor-, porque de lo contrario no te daré ningún encargo -y, relajando su mal carácter, señaló el árbol-. Bueno, ¿ves a ese?

-Sí.

-Deseo que lo hagas caer.

-Pero… -dijo el jardinero, mirando el árbol por un momento- ese está sano y fuerte. ¿Por qué quiere que lo baje?

-¡A ti qué te interesan mis razones! -el señor volvió a encolerizarse-. ¡Sólo córtalo!

-Como desee, entonces -aceptó el mandado el jardinero -. Lo haré lo más pronto que pueda.

-Espera -agregó el señor, rascándose la cabeza-. Si te lo cuento, tal vez trabajes con más ganas.

-A ver, señorcito.

-Mira, sucede que mi mujer está muy enferma -se explicó el señor-. Ella cree que va a morirse. Pero considera que eso no sucederá hasta que cante un ave de mal agüero. Y en el único lugar en que se puede colocar dicho animal es en ese árbol. Por lo tanto, mientras no exista esa planta fregada, ningún pájaro se hará escuchar.

-Entiendo, señorcito -dijo el jardinero, respetuosamente.

-Bueno, ahora me voy -finalizó el señor-. Tú ya sabes cuál es tu trabajo.

Mientras se retiraba el señor, el jardinero se paró delante del árbol y lo observó con atención: bajo el sol intenso, tenía un aire majestuoso y superior, como de alguien importante. “Además”, pensó él, “parece de ánimo duro y voluntad terca, igual que un señorón de esos”. De inmediato, el jardinero se acobardó, y contrajo el cuerpo hasta juntar la quijada con el pecho. Su meditación le indicaba que debía mostrar respeto, pues no estaba tratando con un igual. Pero, luego de unos segundos, cuando se dio cuenta que estaba frente a un árbol, se irguió por completo, se colocó en posición de pelea, y dijo en tono desafiante: -No me vencerá ni con su porte de señor ni con nada… ¡Y, por último, no permitiré que le haga daño a la señora!

Desde la perspectiva del jardinero, el árbol pareció responder a sus palabras: se agitó ligeramente, como si se estuviera riendo ante su amenaza.

***

-Ha llegado su fin, señor árbol -se animó el jardinero, levantando la tijera de podar-. Ahora sabrá de mi oficio.

Con una minuciosidad de artista, y sobre su escalera de tablas, empezó cortando las ramas más pequeñas. Para alguien no avisado, daba la sensación de estar realizando una labor de peluquería, pero trasuntada a los oficios que requieren las plantas. Luego de varios minutos, cuando terminó con su tarea, y dejó al árbol sólo con su enramado grueso, tomó el machete y, con golpes secos, acabó por tirar abajo esos brazos marrones y tortuosos. Ya con la cara y el pecho manchados de tierra, descendió al suelo, y procedió a alistarse para el trabajo más arduo: quebrar el tronco. Empuñando el hacha con ambas manos, taló una y otra vez, deteniéndose a ratos para secarse la frente o beber agua de una botella de vidrio. Media hora después, cuando estuvo a punto de concluir (sólo faltaban tres o cuatro hachazos), cogió la soga y, con mucha precisión, la envolvió a un lado del tronco. A continuación, tiró con potencia, hasta que, tras el grito “¡cuidado abajo!”, el árbol cayó vencido, desplomándose en su integridad.

-Le dije que acabaría con usted -soltó el jardinero, dibujando una media sonrisa-. Ahora, pues, le verá el señor.

Mientras tanto, el sol seguía gobernando con ímpetu, lanzando sus rayos como si estuviera dando su bendición a todos los seres existentes. En respuesta, las flores abrían sus pétalos de colores, invitando a que cayera en su interior un poco de la energía dorada que se desperdigaba por el campo; y los animales, con una alegría que manifestaba éxtasis, jugaban desplazándose de un lugar a otro y produciendo una bulla disonante pero feliz. Más allá, sin embargo, un conjunto de nubes albas, que poco a poco se volvían de un gris espectral, acechaban como fantasmas, y expandían su sombra tensa por algunos bastos territorios. A su vez, el viento, al que parecía fastidiarle la claridad del día, exhalaba hacia el este, ora con suavidad, ora con una potencia desgarradora, y, lentamente, desplazaba a los copos blancos del cielo a su encuentro con el astro rey.

Avanzando sin apuro, el jardinero se acercó a la casa y tocó la puerta. De inmediato, el señor se asomó y preguntó qué deseaba.

-Ya he acabado, señorcito -dijo el jardinero, con tono alegre-. Puede decirle a su señora que esté tranquila. Nada le va a pasar.

-Oye, ¿pero tú estás bruto? -se molestó el señor y, estirando un dedo, indicó-. ¡El árbol sigue allí!

-¿Qué? -se impresionó el jardinero, volviéndose-. Pero si hace un rato…

-¡Cumple con tu tarea, so vago! -concluyó el señor, y lanzó la puerta.

Estupefacto, el jardinero le puso los ojos al árbol con una cólera ardiente: este se hallaba con su tronco intacto, sin ninguna rama quebrada y con su mechón de hojas llenas de una vida arrogante.

-No me la va a hacer -reventó el jardinero, colérico-. ¡A mí no me la va a hacer!

***

En las alturas, el viento, que había soplado con una fuerza liberada, empujó las nubes a lo largo de varios de kilómetros y, habiendo logrado su propósito inicial, oscureció el ambiente de tal forma que todo se tiñó de una coloración ceniza. Las nubes, con su naturaleza ahora abultada y negra, expedían relámpagos incesantes y provocaban la sensación que, de un momento a otro, iban a explotar definitivamente. El sol, del que ya sólo se podía observar cierto resplandor y algunas de sus lanzas brillantes, moría sin luchar y estático, como si le hubiera sido suficiente su breve reinado.

-Con que sí, ¿no? -dijo el jardinero, destilando amargura.

Con movimientos presurosos, se sacó la chompa y el polo, y se amarró una faja de cuero alrededor de la cintura. Sin esperar un instante, cogió su hacha y, furiosamente, golpeó el árbol en su base. Repitió este acto numerosas veces, sin descanso ni para tomar un suspiro, hasta que logró dejar al aire libre el centro mismo del tronco. “Tendrá que derrumbarse”, pensó el jardinero, dirigiéndose al árbol. “A las buenas o a las malas”. Prosiguió con rabia cada vez más intensa, como si, en un arranque de locura, estuviera asestándole cuchillazos homicidas a una víctima que estuviera a punto de fenecer. Luego de uno minutos, con su entorno lleno de astillas de madera, el árbol empezó a inclinarse hacia la izquierda. Dejando la cuerda que uso anteriormente a un lado, lanzó terribles puntapiés contra la corteza pelada, y, rechinando estremecedoramente, el árbol se derrumbó.

-¡Le dije que no podría conmigo! -se exaltó el jardinero-. ¡Se lo dije!

Para que no haya duda de su logro, siguió asestándole tajos al árbol caído. Con el rostro y la espalda húmedos de sudor caliente, le dio duro a las ramas, casi sin distinguir las que eran pequeñas de aquellas de mayor tamaño. En quince minutos, y exhibiendo unos dedos encallecidos, tuvo a sus pies un enorme montículo verde y castaño. A continuación, aprehendió otro instrumento (una sierra), y prosiguió con el tronco desnudo. Sin conmoverse por la savia que se derramaba a manera de sangre, hirió progresivamente el cuerpo tendido, hasta sacar la primera rodaja de madera. Tres cuartos de hora después, no existía tronco, sino una docena de trozos circulares. “Aquí no acaba la cosa”, le dijo al árbol, mentalmente, mientras jadeaba de cansancio. “Sólo ha comenzado lo bueno”. Con el hacha, y ya gastando las últimas energías que le restaban, destrozó las mencionadas piezas y, como si fuera a prender una fogata, acumuló leña en grandes cantidades.

-¿Quién es el señor, pues? -dijo el jardinero, completamente cansado, pero orgulloso-. ¡Ahora dime quién es el señor!

-A quién le hablas, loco de mierda -gritó el señor, desde el interior de su casa.

El jardinero se volteó y, dirigiéndose al señor con un tono triunfante, le anunció: -¡Ya terminé! ¡Venga usted a ver cómo quedó!

El señor abrió la puerta y quedó callado, como si estuviera pensando la manera más punzante de responder un insulto.

-¡Tarado! -soltó por fin, y agregó, con la mirada ardiente: -¡Pero si allí esta el árbol! ¡Acaso tratas de reírte de mí!

Estupefacto, el jardinero dirigió su cabeza hacia atrás y, con las articulaciones temblorosas, se encontró con el árbol íntegro, tan igual como lo había visto a su llegada.

-¡Carajo, termina de una buena vez o ya no querré más tus servicios! -indicó el señor, y se marchó golpeando la puerta.

El jardinero, jalándose de las crenchas, gritó: -¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No le dejaré vencer! ¡No!

***

Explotando por un frenesí agresivo que le enfermaba la cabeza, el jardinero no reflexionó un momento, sólo se dejó llevar por el mero arranque del impulso, y empezó a empapar el árbol con la gasolina que tenía en una botella. Mojó la parte más expuesta, desde las zonas visibles de las raíces, hasta el tronco que se perdía por las ramas entreveradas. Como su pulso era descontrolado (no aguantaba la irritación que le producía haber sido derrotado dos veces por el árbol), manchaba el suelo y sus propios pies calzados con sandalias. Finalmente, empapó un trapo y, llevado por un afán piromaniaco, lo encendió con fósforos y lo arrojó al árbol. Este ardió como una antorcha gigante y crepitó sin cesar, expulsando densas humaredas negras.

-¡Le derroté! -saltó de alegría el jardinero-. ¡Ahora sí le derroté! -y se puso a reír con carcajadas enajenadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!

El sol había desaparecido por completo, sin dejar siquiera un modesto rastro de su presencia. Las nubes, que eran las nuevas gobernantes del cielo, lucían un negro intenso y, además de reventar en fragorosos espasmos de luz, echaban rayos como si fueran brujos vengativos. El viento, perdiendo toda coordinación, soplaba a mansalva, entreverándose en desorden y careciendo de un sentido claro. De un momento a otro, se escuchó un tronar más fuerte que todos lo anteriores, y, por un instante, se vivió una atmósfera paralizada, como si el tiempo se hubiera detenido en una fotografía.

Y, con violencia, llovió.

-¡No! -chilló el jardinero-. ¡No se liberará de esta!

Las llamas del árbol, que habían crecido considerablemente, empezaron a apagarse, y el humo brotó en espirales como una serpiente encantada de su canasta. El jardinero, sin esperar un segundo, y con movimientos torpes por la desesperación, echó más gasolina, y, por casualidad, se empapó el pecho y las piernas.

¡No le dejare ganar! ¡No! -aulló, y, sin ninguna razón, volvió a lanzar risotadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!

En seguida, prendió fuego. El árbol se envolvió en llamas, pero no con el mismo brío de antes. Con lo ojos desorbitados, el jardinero se puso a silbar, como lo hizo al principio del día. Pero ahora, acompañado de su música, también bailó, dejando huellas largas sobre el barro. Su tonada era exaltada, y hacía referencia a un triunfo supremo y una alegría espiritual. Era una melodía propia de fiestas carnavalescas, pues estaba compuesta de partes jubilosas y de un ánimo lujurioso. Pero, en lo profundo, tenía un aire lúgubre, que indicaba la melancolía que produce la proximidad de la muerte. Sonaba como el anuncio festivo y resignado de alguien que, pese a sus esfuerzos sobrehumanos, fallecerá.

El jardinero bajó mecánicamente la cabeza y, sin sorprenderse, descubrió que tenía la bota de su pantalón encendida. Ya sin cordura, se bañó con lo que restaba de gasolina, mientras expedía a grandes aullidos:- ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!

Y, con el cuerpo en fuego a lo bonzo, gritó-: ¡Así usted morirá! ¡Morirá!

Y corrió a abrazarse al tronco del árbol: fuego y fuego se unieron y, hasta consumirse, no se apagaron.

***

No pasó mucho (de dos a tres horas) para que las nubes se desgastaran en su trance líquido, pues, a medida que evacuaban agua, se consumían al igual que cuerpos afectados por la hambruna. En un momento dado, desaparecieron del horizonte, y se presentó, con un aura renovada, quien gobernaba en un principio: el sol. Este, despidiendo su luz brillante, impartió una vida nueva a la atmósfera, que se mostró caliente y acogedora como una madre. El viento, por su lado, se relajó por completo, y únicamente se hacía sentir a manera de una brisa fresca que relaja los rostros y mueve con sutileza las cosas dóciles.

El señor salió de su casa y se encontró con una escena pavorosa: desperdigadas por el piso, había un hacha, una sierra, una soga, un recipiente y una tijera de podar; más allá, un cuerpo calcinado, que sólo mostraba como piezas intactas sus dientes blancos, se exhibía con un gesto furioso y tenso; y, al lado, el árbol se levantaba íntegro y con la vida lozana del que ha renacido.

-Pero… -se dijo el señor, sorprendido-. ¿Pero qué ha pasado?

De pronto, un ave negra se posó sobre una de las ramas gruesas del árbol. El señor, que la había visto llegar, cogió algunas piedras e intentó espantarla.

-¡Fuera! -decía-. ¡Fuera, monstruo!

Sin hacerle caso al señor, el ave negra abrió el pico y, haciendo primero unos gorgoritos, cantó con una sencillez sublime. Luego, esquivando uno de los proyectiles que le lanzaron, se marchó.

-¡Maldita! -le gritó el señor, alzando los puños-. ¡Maldita ave de mal agüero!

***

En la noche, bajo una luna colmada de reflejos, la esposa del señor murió luego de un vómito de sangre.


El día del al revés

-Ya te lo he dicho-, dijo el abuelo, acomodándose el chullo que cubría su caballera hirsuta y negra-. Lo que pasa es que no quieres creerme.

Una porción luminosa del sol, casi su tercera parte, despuntaba entre los cerros verdes señalando el comienzo de la jornada. Las nubes, que hacía sólo unas horas habían lucido oscuras y tumultuosas, pues durante la madrugada había llovido en toda la zona con una fuerza torrencial, ahora se mostraban livianas al igual que pequeños copos de algodón. Debido a esto, el cielo estaba sumamente despejado (tenía una transparencia relajante), y, sin mucho esfuerzo, se podía distinguir el color del pecho de las palomas que sobrevolaban en las alturas.

-Pero es que es imposible-, manifestó el niño, rascándose la cabeza-. Eso parece un cuento.

Disfrutando del ambiente, el abuelo y el niño se encontraban acomodados sobre unas bancas de madera, en un rincón del patio. En el contorno, había puertas que conducían a habitaciones de dimensiones pequeñas, que albergaban a los viajantes que llegaban al pueblo por las fiestas del santo patrón. El abuelo obtenía algún dinero por el alquiler de esos cuartos, pero, en vez de ser conocido por su faceta de arrendatario, la gente lo distinguía como aquél que había leído mucho y contaba relatos. Quizás, por ese motivo, su forma de hablar era como un hombre de la ciudad.

-Te lo repetiré- dijo el abuelo, fastidiado -. Cuando llega el 16 de enero, un pedacito del mundo se pone al revés.

-Hoy es esa fecha, y no ha pasado nada- manifestó el niño, con un gesto de suspicacia-. Te he chapado la mentira.

-Bueno, piensa lo que quieras- se cansó el abuelo. De forma maquinal, sacó una bolsa con hojas de coca, y se puso a masticarlas, mientras guardaba un silencio sepulcral. Luego de unos momentos, con el cachete hinchado por la acumulación de la hierba, continuó-: Te contaré lo que sucedió hace exactamente quince años. ¿Conoces el ataúd de los pobres?

-¿Cuál es ése?- preguntó el niño, extrañado.

-Es ese ataúd que se encuentra en el velatorio de la municipalidad. Es el que sirve para llevar a los cadáveres de los indigentes desde la capilla mortuoria hasta la fosa común. Ese ataúd sólo se conserva en buen estado por sus duras tablas y su excelente barnizado… Bueno, el hecho es que los seres humanos son siempre los que van a ese ataúd. Hombres y mujeres, de todas las edades, se dirigen a su compartimiento, y lo ocupan por un lapso de tiempo. Pero, de repente, un 16 de enero, el ataúd fue hacia los hombres y las mujeres. Aunque no lo creas, el dichoso ataúd salió de su morada y empezó a perseguir a la gente por la calle. Abría y cerraba su tapa como si fuera una boca enorme, y volaba sobre su base de la misma forma que lo hacen los espíritus. Pese a que las personas huyeron en estampida, el ataúd atrapó a una viejita cegatona que barría la vereda. Sólo así tranquilizó su hambre maléfica. Al día siguiente tuvimos que enterrar a la viejita.

-Eso no ha sucedido- soltó el niño, e hizo una mueca de sorpresa tan graciosa que le provocó una risita al abuelo-. Tengo que ir a ver ese ataúd.

Sin despedirse, el niño partió en seguida, levantando una breve estela de tierra seca. Corrió a lo largo de tres cuadras, llegó a la plaza principal (en donde numerosas palomas comían migas de pan) y, esquivando las bancas y los jardines de flores vistosas, se dirigió hacia el velatorio. Cuando llegó a ese lugar, con mucha cautela, y respirando agitadamente, pues sentía que un miedo inevitable crecía en su interior, abrió su portón de metal. En la habitación, que, debido a las ventanas cerradas, tenía una atmósfera lúgubre, encontró el referido ataúd. Estaba colocado sobre un armazón de bronce, lo rodeaban unas lámparas de focos apagados y, cerca a la cabecera, tenía una cruz de ornamentación barroca.

“Pero el ataúd no vuela ni come gente”, pensó el niño. Iba a adentrase para ver de cerca al protagonista de la historia del abuelo, pero fue interrumpido por el guardián.

-¿Qué haces aquí?- le preguntó, con un rostro de amargura-. Éste no es un espacio para pequeños. Vete de una buena vez.

El niño miró al guardián, luego al ataúd, y se marchó sin decir una palabra.

De regreso en la casa, halló al abuelo en el mismo lugar, mascando coca y, como una iguana, calentando el cuerpo con los intensos rayos solares.

-Me has engañado- soltó el niño-. El ataúd ni siquiera tiembla.

El abuelo emitió una sonrisa, y respondió: -Por supuesto que el ataúd no se mueve. Te dije que eso sucedió hace quince años. Ahora el ataúd descansa tranquilo, como un animal sedado.

-Ah ya -dijo el niño, con ojos de molestia, pues percibía que le habían tomado el pelo-. ¿O sea que el ataúd se quedará quieto para siempre?

-No necesariamente -mencionó el abuelo- Mejor te cuento otro hecho que aconteció hace 25 años, en un 16 de enero tan similar al que vivimos hoy.

-A ver -dijo el niño, con un tono de suspicacia-. Comienza.

-Bueno -soltó el abuelo, metiéndose más coca en la boca-. ¿Conoces a la partera y la tendedera?

-Sí -respondió el niño, preocupado porque esta vez los personajes eran de carne y hueso-. Son amigas de mi mamá.

-Entonces podrás preguntarles a ellas si miento o no –dijo el abuelo, tranquilo y sin remarcar que planteaba un desafío-. Bueno, aquí va la historia… Lo que sucede siempre es que los individuos, para llegar a esta tierra, salen del vientre materno. Algunos con facilidad, otros con dificultad, pero todos pasan alguna vez por entre las piernas de sus madres. Pero un 16 de enero, en el que caía un aguacero con una furia espantosa, la partera fue llamada al hogar de la tendedera. Aquélla creía que iba a ayudar en un nacimiento común, uno semejante a los tantos otros que había visto pasar por sus experimentados ojos. Pero, cuando llegó a su destino, se encontró con algo monstruoso. Un recién nacido, todavía con el cordón umbilical intacto y con manchas de sangre en el cuerpo, pugnaba por introducir su cabeza en la vagina de su madre. “Ayúdeme”, le dijo la tendedera a la partera. “Haga que mi hijo se meta en mí”. La partera, aterrorizada porque nunca antes le habían hecho un pedido igual, se quedó quieta, sin saber cómo enfrentar la situación. “¡Ayúdeme, por Dios!”, agregó la tendedera. “¡Acaso espera que lo haga sola!”. La partera venció su temor e, impulsada por la fuerza del deber que exige todo oficio, puso las manos a la obra. A la mañana siguiente, cuando en el horizonte podía apreciarse un arco iris, la tendedera tenía a su hijo en su interior.

-No puede ser -dijo el niño, con un mohín que indicaba tanto escepticismo como perplejidad-. Tengo que comprobarlo.

Sin decir más, el niño partió de inmediato. Se dirigió al puesto de la tendedera, que se ubicaba frente a un descampado, en el cual se acumulaban las palomas, pues aprovechaban los charcos que había dejado el temporal para beber diminutos sorbos y mojar sus plumas. El niño llegó a su destino agitado, ya que había acelerado como si lo persiguiera el demonio. Desde una distancia de pocos metros, observó a la tendedera (una mujer entrada en años y con una contextura extremadamente delgada) que atendía con solicitud a sus clientes.

“Pero si no está embarazada”, caviló el niño, decepcionado. Por un instante quiso interrogar a la tendedera sobre lo que, según el abuelo, había pasado hacía 25 años. “Mejor no lo hago. Podría pensar que estoy loco. Pues lo más probable es que lo que me ha dicho el abuelo sea mentira”.

Pensativo, el niño retornó donde el abuelo. Tenía muchas preguntas que realizarle sobre el ataúd y la tendedera, y, sobre todo, deseaba saber por qué le contaba esos embustes.

Cuando retornó a la casa, el sol se había elevado de entre los cerros llenos de pasto y, con una potencia soberbia, brillaba en el punto más elevado, justo en la perpendicular a la tierra. Las escasas nubes que restaban se habían alejado gracias a un viento suave, que aliviaba a la gente del calor sofocante que se había apoderado de la atmósfera. Las palomas, en especial las jóvenes, dejaban los nidos y aprovechaban el ambiente agradable para ir de techo en techo jugueteando.

En el patio, el niño no encontró al abuelo. En el sitio que había ocupado, que aún estaba tibio por el calor de las sentaderas del viejo, sólo había algunas hojas de coca, ordenadas de una manera muy particular: formaban la frase 16 de enero.

***

Caminando por el atrio de la iglesia principal, el niño reflexionaba sobre los relatos que le había descrito el abuelo. Abstraído, se sentó en las escaleras de piedra y puso su cabeza sobre la palma de sus manos. Muy cerca, veía cómo un bebe, de aproximadamente dos años de edad, perseguía a las palomas, intentado agarrarlas sin conseguirlo. Saliendo de sus cavilaciones, el niño sonrió por la ingenuidad del bebe. Sin embargo, su gesto cambió de pronto. Sin que haya una advertencia previa, variaron los papeles en la escena que veía: las palomas empezaron a perseguir al bebe. Éste escapaba dando pasos zigzagueantes, hasta que, a causa de su torpeza, cayó de bruces al piso. Las palomas lo recogieron y, sujetándolo con sus patitas agudas, se lo llevaron, desapareciendo en el horizonte amarillo.

Thursday, July 12, 2007

Febrero lujuria, de Christian Reynoso

[Noveno capítulo]

Después del dos de febrero, la ciudad de Lago Grande quedó a la espera del octavo día del mes. Ese día se celebraría la Octava de la fiesta y las actividades de veneración a la Virgen de la Candelaria continuarían. En el programa, se había previsto realizar, el día siete, la víspera de la Octava de la fiesta y el día ocho, nuevamente la celebración de una Misa de Fiesta con procesión. Sin embargo, esta última actividad no tendría sonada repercusión porque el mismo ocho se llevaría a cabo en el estadio Monumental el Concurso de Danzas con Trajes de Luces. Y al día siguiente, nueve, las principales calles y avenidas de la ciudad serían el escenario de la Parada de Danzas.

Muchos consideraban que la festividad empezaba en toda su magnitud, recién la noche en que se celebraba la víspera de la Octava. La plaza Pino se colmaba de gente, se reventaban cohetes y el cielo se convertía en una galería de fuegos artificiales. Así, se imprimía el sello que marcaba el inicio de la fiesta. Todo el mundo estaba atento a esa noche.

Y claro que es así dijo el tío Augusto, mientras se disponía a leer, echado en su cama, el último libro que había comprado. Con la víspera no sólo empieza la fiesta, sino también la borrachera generalizada de todos sentenció.

Y antes de concentrarse en la lectura no pudo evitar algunos pensamientos. Sabía que los siguientes días serían los peores de la festividad. Sabía que cada vez que llegaba febrero su vida se convertía en un infierno, porque la historia se repetía cada año, y él que había vivido toda su vida en Lago Grande podía decirlo:

“El rostro de la ciudad cambia. Los días se hacen más largos. El pasaje Lima, corazón de la ciudad, se llena de desconocidos y caras nuevas. Los foráneos empiezan a llegar, solos o en grupo. Los hoteles y las empresas de transportes incrementan sus tarifas al igual que los restaurantes, bares y tiendas de turismo. Yo hago lo mismo en mis pastelerías. Somos empresarios y tenemos que aprovechar la demanda. Los administradores hoteleros advierten a los agentes de turismo que hagan las reservaciones con anticipación, porque siempre ocurre que en el momento menos pensado todas las habitaciones se llenan y los viajeros no encuentran una sola en toda la ciudad. Tienen que ingeniárselas para pasar las noches al amparo de cuatro paredes y una cama; aunque otros, más optimistas, dicen que es imposible no encontrar una habitación, que siempre hay una y que además, en medio de la fiesta ¿a quién se le va a ocurrir dormir? Y es que, aparte del jolgorio de la festividad, hay todavía más diversión. Los bares, discotecas y centros nocturnos atienden hasta la madrugada y sus clientes bailan y beben a discreción. Las parrandas se prolongan por todo lugar, y el sexo, disfrute de común denominador, está latente en los deseos de todos. Y si los locales tienen capacidad limitada, las calles se convierten en cómodos lugares para acariciar las horas de la noche, al lado de botellas de pisco, ron o vodka. El frío no importa. Todos se empeñan en agotar las fuerzas de sus cuerpos. Son unos borrachos de mierda. Esa es la verdadera festividad. Y los días van pasando y a medida que se acercan los acontecimientos los conjuntos verifican los últimos detalles de su coreografía; los danzarines, de sus trajes y de sus cuotas; y los alferados, de sus compromisos y recepciones. Todos revisan la agenda que tienen que cumplir. Los que no bailan, los que no participan como yo, queramos o no, también nos vemos involucrados en la festividad. Unos con beneplácito, otros con fastidio. Los espectadores, animosos, se alistan para entregarse al deleite. Saben que requerirán dinero: unos para ir a ver el Concurso de Danzas, y otros, para separar lugares óptimos desde donde puedan ver con comodidad la parada; pero la gran mayoría, no concibe la posibilidad de pasar la festividad sin beber un par de cervezas o buscar un amor pasajero. Pobres diablos. Como siempre, las ganas de beber y fornicar están presentes en la fiesta”.

Sí Augusto. Y te acuerdas cuando eras niño y salías con tu hermana Aurorita y tus padres para ir a ver la Parada de Danzas, y se acomodaban en cualquier esquina que no rebalsara de gente, y tú, adelantándote a todos y sopesando la gente te metías, todo un hombrecito como decía tu papá aunque los mocos se te salieran de la nariz, y llegabas, cómplice, hasta adelante, al medio de la calle, para ver las danzas y luego, esa valentía se te quitaba porque aparecían esos aterradores danzarines disfrazados de osos y gorilas que te asustaban y corrías y corrías desesperado hasta llegar donde tu papá y tu mamá y temblabas y decías que ya no querías ver, que había que regresar a casa porque tenías miedo de esos malditos osos y gorilas, todos negros y abominables que se acercaban haciendo muecas, y entonces, había que regresar a casa, aunque no sabías que después, en la noche, te soñarías con ellos y tendrías horribles pesadillas, y que cuando despertarías, llorarías y llorarías y empezarías a odiar la fiesta y a todo ese jolgorio de música y danza. Pero, al día siguiente, niño valiente, otra vez ibas de la mano de tu padres y ellos te decían, Augustito, sólo son disfraces, no son osos ni gorilas de verdad, son muchachos disfrazados y te los señalaban y tú los veías caminando con sus máscaras en la mano, y en serio pues, eran hombres nada más, pero tú ya no les creías, porque ya no querías verlos, porque sabías que en la noche te soñarías con ellos y te darían pesadillas. Y entonces chillabas, gritabas y hacías escándalo y la gente se reía y Aurorita se reía y tus padres se reían. Y había que calmar tu furia y te decían, ya, ya, Augustito, mejor vamos a la iglesia San Juan a escuchar la misa. Y tú preferías mil veces estar allí, antes que ver a esos malditos osos y gorilas. Y entraban y te hacían persignar y luego, mirabas todas esas imágenes de santos con velas a sus pies que no sabías quiénes eran, mientras tus padres y Aurorita se sentaban a escuchar la misa, pero tú, Augusto, otra vez te convertías en ese niño valiente y te escapabas de ellos y te ibas a caminar por la iglesia escuchando las voces de los devotos que se paraban y sentaban a cada rato respondiendo al señor que dirigía la misa. Y te acuerdas, Augusto, de ese saquito plomo, al que tu papá llamaba el saquito de soltero, que te ponían cada vez que iban a la iglesia y que a ti te gustaba porque todos los niños que conocías no tenían ese saquito, así plomo y de soltero como el tuyo, y te acuerdas también, Augusto, de tu gorrito de lana rojo que hasta ahora lo tienes guardado en algún lugar, y que hacía juego con tu saquito de soltero. Sí, Augusto, claro que te acuerdas. Y entonces, te escapabas de tus padres y te ibas a caminar por la iglesia, porque te gustaba bajarte el gorro hasta el cuello y caminar así, con el rostro cubierto, para que los devotos no te reconozcan y no te digan nada, y qué placer que sentías mirándolos sin que ellos supieran quién eras porque claro que tú veías a través del gorro. Y los fastidiabas, sí, no lo niegues, porque justo en el momento de la ofrenda, cuando el sacristán pasaba la bolsa donde recibía las monedas de los devotos, tú te ponías a su lado y lo seguías; y él te votaba, pero tú no le hacías caso, y en plan de juego estirabas la mano pidiendo más monedas a los devotos, sin moverte de lugar hasta que te dieran algo. Y unos se sorprendían y otros decían: ¿dónde están los padres de este niño? Y tú te reías viendo sus caras y sólo ahí te olvidabas de esos malditos osos y gorilas. Hasta que una vez te perdiste dentro de la iglesia y empezaron a salirte las lágrimas porque había tanta gente que no podías encontrar a tus padres ni a Aurorita, y no supiste qué hacer y en tu desesperación, sin pensarlo, tiraste tu gorro frente a la imagen de la Virgen de la Candelaria y lloraste como un manantial. Y entendiste que ella no te haría ningún favor y la miraste, y viste sus ojos y sus labios que no te decían nada y entonces la odiaste. Y estuviste ahí, parado, sin saber dónde estaban tus padres y tu hermana hasta que sentiste un jalón y entendiste que era la mano de tu papá que te encontraba y que te decía: ¡dónde te metiste! Y tú, limpiándote los ojos, recién respiraste tranquilo y fuiste feliz. Aurorita se encargó de recoger tu gorro.

Wednesday, May 30, 2007

Tsunami

Susanne Noltenius


De pequeña, Mariela le tenía miedo al mar. Recuerda cómo se paralizaba en la orilla ante las olas que pensaba gigantescas. Poco a poco, aprendió a manejar sus temores, pero las imágenes en las noticias parecen el regreso de una antigua pesadilla. Con frecuencia, trata de ignorar los asuntos que la perturban, pero en este caso no puede. Se detiene a observar el mar unos segundos con recelo. Un pequeño recreo en el agotador trabajo de ordenar la casa de playa, a donde acaba de llegar esa mañana, junto con los dos niños y el camión de mudanzas. A sus hijos apenas los volvió a ver a la hora del almuerzo, aunque desde la terraza del segundo piso ha podido ubicarlos un par de veces a lo largo del día. Fue una buena idea traer los binoculares.

Los niños tienen ocho y diez años, un par de bicicletas azul y roja, un scooter y un balón de fútbol de cuero muy desgastado. Con los amigos del condominio comparten un horario inamovible de llegar a casa por la noche para irse a dormir -las madres son muy hábiles en acordar los mismos horarios para todos-. Los niños están felices de quedarse durante todo el mes. Carlos convenció a Mariela de no regresar a Lima y así aprovechar la casa que han alquilado. A ella le incomoda un poco dejarlo solo entre semana, pero él insistió en que sobreviviría sin mayores problemas y haría lo posible por llegar temprano los viernes.

Ha decidido hacer deporte en la playa. Se calza un par de zapatillas viejas y trota junto a la orilla del mar. La mañana es celeste y de olor fresco. El aire está limpio y se puede ver con claridad la silueta de la isla mar adentro. Del otro lado están las hileras de casas. Mariela corre hacia el norte y pronto se da cuenta de que las fachadas se vuelven más llamativas. Algunas parejas mayores la saludan con una venia mientras pasean hacia el sur. También se encuentra con varios pequeños que juegan en la arena junto a sus niñeras vestidas con uniformes blancos, como velas de barco. La observan curiosos mientras ella da media vuelta y empieza la carrera de regreso. ¿Cuánto habrá recorrido? Probablemente dos kilómetros. Desde hace unos meses, Mariela entrena en un gimnasio. La falta de ejercicio se le ha hecho más evidente durante los últimos veranos. Hace unos días, Carlos bromeó sobre sus nalgas y ella se quedó pensativa. En abril cumplirá cuarenta años.

Mientras trota hacia el sur, el viento la resiste. El sonido del mar se le cuela frío por una oreja. Se acerca a la isla y ve una bandada de gaviotas sobrevolándola, como sombras pálidas. Al llegar al punto de partida se detiene a escuchar el mar, pero el sonido se opaca por su propia respiración agitada y los gritos de las aves. Tal vez ha hecho un esfuerzo mayor que en el gimnasio. Se pone en cuclillas y siente que el olor salado de la brisa se diluye con el calor del sol que sube a sus espaldas. Medio enterradas en la arena encuentra pequeñas conchas con las que juguetea mientras recupera el aliento. Elige dos o tres que le gustan y de regreso en su casa las coloca en el baño dentro de un recipiente de vidrio.

Tiene algunas amigas en esta playa. Como al medio día, aterrizan todas frente a la orilla, con sus sombrillas multicolores y asientos plegables en combinación. Hijos de diferentes edades circulan alrededor de cada una, dibujando órbitas, como satélites. Los maridos están trabajando en Lima y llegarán el fin de semana para la fiesta de Año Nuevo. Durante el verano, las parejas se separan de lunes a viernes y se reúnen en la playa el fin de semana. Las relaciones se vuelven intermitentes como una línea punteada.

Al igual que cada año, los cuerpos de las demás mujeres son el tema central de la primera semana frente al mar. Así, Mariela y sus amigas intercambian bocaditos mientras establecen un ranking entre las siluetas vecinas. Hay una mujer a quien ella quiere colocar en primer lugar, pero nadie le hace eco. La mayoría se inclina por una pelirroja que evidentemente ha perfilado sus medidas con silicona. Sus pechos se yerguen hacia el cielo mientras el cuerpo pálido yace boca arriba tratando de absorber algo de color. La mujer que Mariela eligió es castaña y tiene una figura muy atlética -alguien le cuenta que ha sido nadadora-. Piensa que es el tipo de mujer que le gustaría a Carlos. Aunque él no es de esos hombres que coquetean, en varias ocasiones lo ha visto esconder miradas. Esto le disgusta, pero nunca se lo ha dicho. La nadadora camina hacia el mar. Sus piernas son muy firmes y en sus brazos se perfilan ligeramente los bíceps. Mariela amasa los suyos, blandos como almohadas.

Durante la noche, las amigas salen a caminar por el malecón y luego se reúnen en casa de Inés en primera fila. Mariela simpatiza mucho con Inés, aunque envidia ligeramente su figura espigada y la soltura con que expone sus ideas y desata los desacuerdos en el grupo. Sobre todo, le causa cierta admiración descubrir que Inés aún no se tiñe el pelo. Esa noche, mientras comentan la noticia sobre el tsunami, aparece una mujer en la terraza. Se presenta como la nueva vecina y se sienta a conversar con ellas. Se llama Susana, tiene una sonrisa agradable y un sentido del humor contagioso. Inés le hace algunas preguntas sobre su familia y ambas descubren que tienen algunos parientes lejanos en común. Entonces se miran como quien reconoce a alguien de su equipo. De alguna manera, Mariela se siente desplazada, así que prefiere permanecer en silencio unos minutos y luego se despide para irse a su casa a dormir.

Hace un poco más de un año, conoció a un hombre. Fue durante los entrenamientos de natación de su hijo mayor. La hija de él también nadaba a esa hora y ambos coincidieron sentados en las graderías un par de veces. Le pareció muy atractivo desde que lo descubrió la primera vez. Le gustaron sus manos grandes y sus ojos claros sostenidos por ligeras arrugas. Cuando sonreía, mostraba dientes muy parejos y unas suaves líneas se dibujaban a los lados de su boca. Al principio hablaban de temas muy generales en un tono casual, pero luego se dio cuenta de que le había confiado asuntos privados, como un pleito que tuvo con Carlos una vez que éste llegó tarde a casa. Esperaba con ansiedad las conversaciones frente a la piscina y ponía especial atención en la ropa y el perfume que elegía cada vez. Cuando aquel hombre faltaba, una profunda tristeza la invadía. Una vez, él le propuso almorzar juntos, pero Mariela inventó una excusa. Algo la había asustado. Fue entonces cuando decidió hablarle a Inés sobre el hombre de la piscina.

Tienes que cortar esa amistad ya mismo – le contestó Inés.

¿Por qué? No creo estar haciendo nada malo. Mientras sólo nos veamos en la piscina, no hay problema.

Entiende algo, Mariela. No necesitas acostarte con un hombre para sacarle la vuelta a tu marido – Mariela sonrió y tuvo que desviar la mirada.- Ese pata y tú están tratando de manejar un vínculo cargado de tensión sexual y eso ya es una infidelidad. No puede terminar bien.

Mariela dejó de acompañar a su hijo a los entrenamientos y al poco tiempo, cuando éste le dijo que quería dejar de nadar, no hizo ningún intento de disuadirlo e incluso experimentó cierto alivio. Sin embargo, una nueva idea empezó a atormentarla. Se consideraba a sí misma una persona escrupulosa. Aún así estuvo muy cerca de bajar la guardia y, tal vez, dejarse enredar por una aventura amorosa. Empezó a sentir a Carlos permanentemente expuesto. Por otro lado, su hijo decidió retomar las clases de tenis que había dejado un par de años atrás y esto la complació. Pensaba que el tenis era un deporte elegante, así que matriculó a los dos niños en una academia cerca de su casa.

Las noticias sobre el tsunami son cada vez más alarmantes. Los periódicos parecen competir sobre el número de muertos como en una subasta. Mariela se siente mortificada por la tragedia y pregunta entre sus amigas si sería probable un tsunami en estas costas. Recibe un unánime “no”. Inés bromea con respecto a su casa en primera fila -la primera en desaparecer- y la vecina nueva celebra con una risotada que a Mariela le borra el sentido del humor.

Se le ocurre preparar un postre para el fin de semana. No es muy hábil en la cocina, pero domina tres o cuatro recetas. Primero derrite el chocolate y la mantequilla. Mientras la mezcla se enfría, enciende la radio y llena a medias un vaso con jugo de naranja. Luego bate a mano algunas claras hasta convertirlas en una espuma liviana en la que dibuja sus iniciales con el mango de un tenedor. De inmediato las borra con la espátula. La canción que empieza a sonar la entusiasma y vierte un chorrito de pisco en su jugo de naranja. Bate las yemas y el azúcar. Una medida de licor de chocolate no le parece suficiente, así que echa un par más. Termina la preparación con una lluvia de pasas y pecanas y luego todo va al congelador. El resto del jugo lo bebe en la terraza mirando hacia el mar. El sol está a punto de zambullirse en el horizonte y varias parejas de adolescentes lo contemplan sentados bajo las sombrillas de paja.

Algunos maridos han empezado a llegar, pero Carlos ya advirtió que aparecerá al día siguiente, antes de la fiesta, pues tiene mucho trabajo. A ella no le gusta que la vean sola mientras todas sus amigas se pasean por la playa del brazo del esposo, así que prefiere ocultarse en su cuarto a leer. No le apasiona la lectura, pero siempre tiene un libro en su mesa de noche para ayudarse a conciliar el sueño. A veces sólo necesita unas cuantas páginas para quedarse dormida y por eso una misma novela le puede durar varias semanas.

Cuando Carlos llega, Mariela acaba de secarse el pelo. Susana ha contratado una mujer que peine a todas en su casa, pero ella decidió arreglárselas sola. Carlos la abraza, la besa con ternura y le dice que la ha extrañado toda la semana. Ella le cuenta lo bien que lo han pasado los niños, a quienes apenas logra rastrear a punta de horarios estrictos de comidas y acostadas. Él está ansioso por verlos y parece feliz cuando comen los cuatro juntos. Mariela lo contempla desde el otro extremo de la mesa. Le gusta su sonrisa y la manera como bromea con sus hijos. Piensa que ella también lo ha extrañado.

Durante la fiesta, Carlos y Mariela se sientan en la misma mesa que Inés y su esposo. También están Susana y el marido. Carlos parece congeniar con él y Mariela cree entonces poder desprenderse del recelo hacia la vecina nueva. Le encanta bailar. Le gustan las fiestas y son muy pocas las canciones durante las que ella y Carlos permanecen sentados. Casi al final de la noche, están caminando de la mano y se cruzan con la mujer que ella vio en la playa el primer día: la nadadora. Él trata de disimular su impresión, pero ella nota cómo los ojos se le desvían varias veces, como jalados por un imán. Al notar su incomodidad, Inés trata de tranquilizarla con una frase poco efectiva.

Carlos y Mariela se unen a un grupo que toma cervezas en la playa. El esposo de Susana propone elaborar un plan de evacuación en caso de tsunami. Se le ocurren algunas medidas como series de pitadas entre los vigilantes, la manera como deben estacionarse los autos, las rutas a seguir para alejarse de la orilla y un kit para emergencias que todas las familias deben tener listo. Carlos opina que el problema “reside no tanto en el sistema de alarma, sino en la manera como la gente entiende el mensaje; es muy difícil lograr que todos actúen del mismo modo”. Mariela no entiende bien a qué se refiere Carlos, pero igual piensa que ha dicho algo inteligente y lo admira por eso. Se le acerca por la espalda para sacudir la arena sobre sus hombros en un gesto cariñoso que él agradece con una sonrisa muda. Le gusta cuando él la mira a los ojos de esa manera sosegada. Entonces, alguien interrumpe diciendo que es imposible un tsunami en esta zona. Lo dice con mucha seguridad y a Mariela la tranquiliza oírlo. Susana en cambio, comenta lo ensordecedor que ha escuchado el mar durante las últimas noches. Incluso ha estado tentada de salir al malecón a cerciorarse de que la marea no ha llegado hasta él. Su tono de voz es melodioso y su ánimo relajado, por lo que el resto toma la broma con gusto y le sigue la cuerda. Susana es de esas personas que alegran a las demás de una manera natural, su abuela diría que es como una castañuela. Antes de que termine la tarde, Mariela ha recolectado un par de conchuelas muy blancas y un caparazón de molusco casi entero que parece una cornucopia. Tal vez logre llenar el recipiente en el baño antes de que acabe el mes.

¿Qué te parece lo del tsunami? ¿Realmente deberíamos estar preparados?

No, Mariela, cómo se te ocurre.

Pero tú dijiste...

Yo sólo le seguí la cuerda al esposo de tu amiga. Tú sabes, para caerle bien y dejarlo tranquilo.

Luego del fin de semana, Carlos regresa a Lima para trabajar. Tras su partida, Mariela se lamenta que no hayan hecho el amor. Se está calzando las zapatillas viejas para salir a trotar por la orilla. Esta vez correrá hacia el sur. La mañana es gris, pero sin viento, calurosa. Reflexiona sobre su vida íntima. Se da cuenta de que durante los últimos meses, es ella quien toma la iniciativa y que han pasado más de tres semanas desde la última vez. Una ola se arrastra casi hasta sus pies, por lo que debe desviar su ruta algunos centímetros y está a punto de tropezar en un desnivel. La marea le parece desordenada y recuerda las fotos en el periódico: los rostros desencajados, los techos cubiertos de agua, olas que arrastran muebles y árboles. Una pesadilla. Casi al final, se cruza con la nadadora quien también trota. Se miran y Mariela ensaya una sonrisa mínima, pero la otra mujer ni se inmuta. Lleva pesas en los tobillos y su figura de deportista la avergüenza un poco, así que apresura el paso para llegar a casa y desayunar con sus hijos.

Los niños no están. Mariela demora tratando de ubicarlos por el condominio. Pregunta en las casas de sus amigas y entre las amistades de sus hijos. Nadie parece haberlos visto. Sube a la terraza y apunta con los binoculares en todas las direcciones. Repasa la mirada alargada por la orilla varias veces y piensa en hablar con el salvavidas, pero de inmediato desecha la idea y trata de calmarse. Cuando al fin los encuentra, los empuja a gritos hasta la casa. Está furiosa, angustiada. En sus manos hay un ligero temblor. Ellos tratan de explicarle que sólo han ido un momento al condominio de al lado para ver una manta raya que alguien pescó. Pero Mariela insiste en que ella debe saber en todo momento dónde y con quién están sus hijos. No pueden alejarse sin avisar. Ella debe saber dónde y con quién.

La vendedora de helados se le acerca por la tarde con la cuenta del fin de semana. Ella le paga y observa la caja amarilla llena de helados. Se siente tentada por uno de vainilla y chocolate, pero contiene las ganas y se despide con una sonrisa.

Despierta a mitad de la noche sobresaltada por un mal sueño que no puede recordar con claridad. Después de beber un sorbo del vaso con agua sobre el velador, trata de volver a dormir. Sin embargo, hay algo que se lo impide. Hay algo que no la deja ceder al cansancio. Presta atención y le parece que el rugido del mar llega demasiado fuerte. No puede evitar pensar en el tsunami, así que se levanta y se asoma por la ventana. La quietud en la calle se interrumpe sólo cuando un vigilante pasa en bicicleta rumbo al malecón. Lo más probable es que una alerta se hubiera extendido ya entre los vecinos. Tal vez podría leer un poco. Dirige una mirada de soslayo al libro junto a la lámpara apagada. Hace días que no avanza la novela y mientras se esfuerza por recordar lo último que leyó se queda dormida.

Sale muy temprano a trotar. Quiere acercarse a la orilla y cerciorarse ella misma. Las olas se ven inofensivas y le devuelven el olor salado de siempre con cada embate. Toma el camino hacia el sur otra vez. Le parece una ruta menos concurrida y ella la prefiere así. Sin embargo, las gaviotas se ven algo agitadas esta mañana. Su revoloteo es errático y sus alaridos muy sonoros. Se impacienta un poco al pasar cerca de ellas, pero trata de calmarse diciéndose que no debería sugestionarse con todo lo que ocurre a su alrededor. Durante el último tramo, acelera ligeramente el paso, pero pronto se queda sin aliento y apenas logra esquivar una ola que se arrastra hasta sus pies. Entonces pisa con torpeza y cae de bruces sobre la arena húmeda. Jadea y le duele un tobillo. Aunque le cuesta apoyar el pie, no cree habérselo roto. Cojea hasta su casa y pasa el resto de la mañana sentada en la terraza. Hoy no irá a la playa. Más tarde decide llamar a Carlos al celular. Es la hora de almuerzo y ella piensa que no sería un momento inoportuno.

Me doblé un tobillo.

No me digas, ¿cómo así? – en la voz de él se percibe un enarcamiento de cejas.

Estaba trotando por la orilla, pisé mal y...

Bueno, pues, ya te dije que mejor corras por el malecón. La orilla tiene mucho desnivel. Camina por donde sea más seguro.

No estaba caminando. Estaba corriendo.

Bueno, lo que sea.

Me dolió mucho.

Me imagino –se abre un silencio en la línea–. ¿Ya te sientes mejor?

Estás ocupado, ¿no?

La verdad, sí. Prefiero llamarte más tarde.

Sus amigas no han dejado de hablar sobre el caso de una de las vecinas del condominio. La mujer descubrió una infidelidad del marido y lo echó de la casa. Ahora él anda libre con la amante y ella no termina de recuperarse del golpe. Además, él le ha cancelado la tarjeta de crédito y la mensualidad apenas cubre los gastos básicos de la casa y los niños.

Ella tiene la culpa por armar un escándalo – escucha decir a alguien.

Sí, pues, le abrió la puerta de la jaula al canario – añade otra.

Hay demasiado en juego como para actuar impulsivamente –como siempre, todas parecen estar de acuerdo con Inés.

¿Tú qué harías, Mariela? – Susana la sorprende con la pregunta.

No sé – responde luego de un momento y la perturba darse cuenta de que ha dicho la verdad. Fija la mirada en la isla mar adentro y desatiende las voces de las demás.

Una tarde, conversa con el jardinero sobre las margaritas amarillas plantadas en cuatro macetas de la terraza. Dos de ellas se han marchitado. Sus hojas verdes se han ennegrecido y están cubiertas por una extraña pelusa gris. “Eso es pulgón”, afirma el hombre examinando las plantas con sus manos gruesas y sucias. Mariela exhala una frase de desaliento. Ella misma las riega todas las tardes al regresar de la playa y, en cierto modo, se ha encariñado con las flores. Una de ellas es menos frondosa y Mariela la contempla con lástima como si fuese un niñito enfermo. El jardinero le deja un plaguicida y le explica cómo aplicarlo. Ella encuentra un rociador en uno de los armarios y mezcla en él el veneno con agua. La palanca está algo dura y se le entumecen los dedos al presionarla varias veces, así que alterna ambas manos. Derecha tsh, tsh, tsh. Izquierda tsh, tsh, tsh.

En el comedor, los niños juegan monopolio con un amigo. Es pelirrojo y tiene enormes dientes que muestra en una sonrisa casi permanente. Los lados de su nariz están salpicados por pecas de diversos tamaños; algunas son tan grandes que parecen lunares, especialmente una sobre la oreja izquierda. Mariela se une a la partida. Piensa en dejarse ganar, pero pronto se da cuenta de que los chicos manejan muy bien el juego y ella se esfuerza por no rezagarse. El pelirrojo le causa ternura con sus manchas pardas y sus dientes cuadrados. Les ofrece a todos galletas de vainilla y leche y trata de conversarles sobre los demás niños de la playa, pero no le hacen mucho caso.

Al hablar por teléfono con Carlos, le dice cuánto le gustaría que llegase temprano al día siguiente. Su tono de voz, casi siempre cariñoso, es distinto esta vez. Hay algo triste en sus palabras, como una súplica. Él parece notarlo y, después de preguntar si todo está bien, le promete que hará lo posible por ir a la playa alrededor del mediodía. Esa noche se quedará hasta tarde adelantando el trabajo. Mariela se siente complacida al principio, pero al acostarse le cuesta quedarse dormida. Avanza varias páginas de la novela antes de conciliar el sueño. Es una historia divertida sobre un hombre que quiere ser escritor y va a París, en donde le suceden anécdotas y tragedias que él enfrenta con una extraña pasividad. Siente los párpados cada vez más cansados, pero no quiere abandonar el libro en la parte en que el personaje se deprime y recurre a un psiquiatra. Finalmente, los ojos de Mariela se cierran y la novela cae al piso.

Ha pasado muy poco tiempo cuando despierta algo angustiada. Está segura de haber sentido un temblor. La lámpara de su mesa de noche está encendida y por eso el ambiente le parece distinto que otras veces. Algo la preocupa. Piensa en que un tsunami siempre es precedido por un temblor fuerte. Se levanta de la cama con brusquedad y mira a través de la ventana. No hay movimiento en la calle, pero el rugido del mar es muy fuerte y ella se asusta. Los niños duermen plácidos en el dormitorio contiguo. Toma una casaca del clóset y sube rápido a la terraza a mirar hacia la orilla. La noche es oscura y no logra distinguir el tamaño de las olas, apenas unas líneas de espuma blanca que se dibujan y se borran intermitentes. El pelo se le revuelve. Hay mucho viento. A lo lejos se da cuenta de que algunas casas están iluminadas y unas pocas siluetas se mueven en ellas. ¿Habrán sentido el temblor? Decide buscar los binoculares. Demora un poco en encontrarlos, pues alguno de sus hijos los ha dejado fuera del lugar habitual. Con ellos logra divisar mejor la orilla. No nota nada anormal, pero sigue nerviosa. Las peores tragedias ocurren cuando uno se confía. Regresa a su cuarto y consulta el reloj: son más de las once de la noche. Va a llamar a Carlos. Intenta primero al celular. Éste da varias timbradas, pero nadie responde, sólo la voz grabada de su marido. Entonces marca el número de la casa y esta vez es su propia voz la que le habla desde el contestador. Vuelve a llamar y ocurre lo mismo. En la central de la oficina nadie contesta. Por varios minutos, alterna los números de la casa y el celular, recibiendo siempre las voces grabadas de ambos.

Regresa entonces a la terraza. Aún con los binoculares es difícil medir el tamaño de las olas. Sale descalza y se dirige hacia el malecón. Antes de llegar a él, camina entre las casas de Inés y Susana. Lucen casi iguales, iluminadas por fuera y apagadas por dentro. Sobre una de las mesas de la terraza de Inés, descubre un par de velas que continúan encendidas. No se cruza con nadie. Hunde los pies en la arena extrañamente fría. Sus pasos son lentos, constantes. El tobillo aún le molesta. Se detiene bajo una sombrilla de paja, inútil a esa hora. El mar está tranquilo, la marea parece uniforme y piensa en regresar. Sin embargo, continúa su marcha y alcanza la orilla. La brisa salada rocía gotas mínimas de agua sobre su cara. Recuerda otra vez los rostros del periódico y la voz de Carlos en el teléfono. No le ha contestado. Antes de darse cuenta, una ola le cubre los pies. El agua no está tan fría después de todo. Avanza un metro y el siguiente embate acaricia sus rodillas. No, no está tan fría. Con unos pasos más logra mojarse el pijama hasta los muslos. Al retirarse, el mar tira de la tela que ella siente pesada, como un lastre. Entonces se asusta de estar ahí. Es como si estuviese despertando de un trance. Da la vuelta y sale del agua con largos pasos de plomo. Al pisar la orilla acelera un poco y siente una punzada en la planta del pie. Se ha cortado con el borde filudo de una almeja que debe despegar de su piel. Una mancha oscura le impide ver el corte.

Cojea hasta el baño. Nuevamente, no se cruzó con nadie y esto la alivia. Primero lava el caparazón que trajo dentro de un bolsillo. Tiene vistos tornasolados y el borde es muy fino. Lo repasa con las yemas de los dedos. Al clavársele en el pie, un pequeño pedazo se desprendió, pero sigue siendo hermoso. Lo coloca dentro del recipiente de vidrio y entonces se ocupa de limpiar y curar la herida. Ya no sangra, pero la arena se ha metido a través del tajo. Se ha aferrado a los pliegues abiertos de su piel. Se da cuenta de que no puede sacarla toda. Deberá dejar algo de suciedad para no empeorar la herida. Aguanta el antiséptico con expresión de dolor. Entonces se mira en el espejo y llora. Luego se lava la cara y regresa a la cama a seguir leyendo la novela que recoge del piso. Al principio le cuesta insertarse en la trama otra vez, pero finalmente se deja convencer por la historia y cuando se queda dormida falta muy poco para el final.

Durante los días que siguen, las noticias sobre el tsunami se espacian, se distancian de las primeras planas como una marea que se retira de la orilla. En las noches, cuando duermen juntos, Mariela se acurruca a la espalda de Carlos para sentirse cerca de él. A veces quisiera colarse en sus sueños. Piensa que así el sonido del mar ya no la intimidaría. Tal vez incluso la arrullaría. Cada mañana, sube a la terraza a examinar las margaritas. La más pequeña parece curada. Luego busca en las últimas páginas de los periódicos. Algunos continúan contando los muertos, otros se centran en las tragedias de los sobrevivientes.

Lima, septiembre de 2005

( De, Crisis respiratoria, Estruendo mudo, Lima 2006)

Saturday, April 14, 2007

LA ÚLTIMA PARADA

[cuento]
Juan Carlos Romero Girón


Es una tarde única, muy distinta a muchas otras tardes normales. Tristemente el tiempo se presenta sosegado. Aprovechando la última parada del viaje, por vez primera pronuncia lo que siempre le estaba negado por su estúpida creencia de varón primitivamente formado.

-Te amo intensamente desde el día en que te conocí. Ella sumisamente permanece callada, con los ojos cedidos por el cansancio.

La calle luce desolada. El cielo advierte un azul pálido, el bullicio del viento ha desaparecido por un instante. Empujado por el cese oportuno de las cosas, se va procurando lentamente grandes dotes de animo, durante el recorrido no a querido hablarle, no a tenido las fuerzas necesarias para dirigirle palabra alguna, y es que en su conciencia reposa el recuerdo de lo cruel que a sido con ella. Quien en su venerable y sufrida vida, la única falta que ha cometido es haberlo amado. A cada evocación sus males se desbordan para aprisionarlo y hoy, más que nunca, el remordimiento lo ha tomado por asalto. Hace poco a vuelto de sus acostumbradas escapadas, con otras, que en nada se parecen a ella. Es uno de los tipos de los tantos que hay, un don Juan, libertino y fanfarrón, que llegado el momento se divierte como si no hubiera un mañana. Y hoy por única vez es conciente de ser el causante de que su mujer emprenda el viaje a muy temprana edad, parece ser que la gracia divina a tocado su cruel, laxo y tozudo corazón. Antes de que ella emprenda el viaje, lo que debe decir, es lo que nunca dijo, en su tan descarriada vida.

Ella. Una mujer de las pocas que quedan bajo el firmamento, de un buen don humano, con quien la vida no ha sido muy justa, algunas veces ha sido tremendamente horrible y dura, muy dura. Han sido contadas las veces en que también ha sido bella, como cuando nacieron sus dos hijos, por quienes se deshizo y soporto las peores calamidades. Y hoy en el silencio absoluto, sin el grato bramido del viento, con el compás ausente del canturreo de las palomas, sin el eterno cielo sereno y azulado y sin la compañía de los que apasionadamente ha querido. Debe partir. Pues le ha llegado la oportunidad única que da la vida. Él por su parte, quisiera ir junto a ella y así poder enmendar lo que no hizo en su debido momento, quisiera estar a su lado para conquistarla como religiosamente están acostumbrados los hombres de buena fe a ser suya a una mujer. Pero hay hijos que cuidar.

Detrás de él, silenciosos también esperan, los pocos amigos con los que ella ha congeniado lejos de su familia y de su tierra, son los pocos amigos que uno encuentra en los lugares donde no se cuenta con la libertad absoluta para hacer o deshacer las cosas, son amigos que cuando las cosas de la vida no marchan del todo bien, bienaventurados como caídos del cielo recaen ante tu presencia y dignamente te enseñan que la vida, a veces, aunque en pequeñas porciones es bella, inmensamente bella. Ignorados por el marido han venido, para desearle con justa razón un feliz viaje. Pero, él, como siempre ha creído que por ser su esposa es como si fuera de su propiedad, y por tal legitimidad ha dispuesto tomarse el tiempo que crea conveniente para hablar con ella. La mira. Y como si esta fuera la primera vez advierte en ella su hermosura que a pesar de sus años y de las tantas golpizas que le propinaba conserva todavía su subliminal perfección. Los golpes injustos que ha recibido a sabido bien guardárselos muy dentro de ella, de tal forma que su aspecto físico, se muestre ante los ojos del hombre que siempre amo, con toda la claridad que le brindo la naturaleza. Su cuerpo firme y dotado de hermosura, se mantiene como en sus años mozos cuando era de verdad feliz. Ese velo blanco guarnece su rostro cansado y marchito, ella va trajeada lindamente con el vestido que nunca llego a ponerse. Sobre sus negros cabellos – entremezcladas con unas cuantas canas perdidas- lleva sujetado un gancho de su madre, que con su aprisionar han calmando el bailoteo de su blanda cabellera, como cuando era niña. Sobre su cuello reposa, un collarcito flotante de la “Virgencita de Chapi”, conocedora de sus maltratos incontables. A quien casi siempre a tenido que recurrir para descargar sus penas, y hacerlas mas livianas.

- Perdóname, por haber sido muy malo contigo.

- En silencio siempre te he amado. Perdóname por no haberte demostrado mi cariño.

Su rostro rígido y envejecido, se mueve, cuando mansamente le habla, parece por el tono irónico de su voz no muy apenado, ni sus ojos vivaces sueltan ni por asomo pequeñas gotas de lágrimas, permanece a su lado mirándola fijamente, mientras en los rostros apesadumbrados de los otros, se vislumbra un desconsuelo muy profundo y dan rienda suelta a sus lágrimas. Ella permanece inmóvil como queriendo con su silencio eterno vengarse de ese hombre que le hizo pasar muchos sufrimientos. Permanece con la boca sellada, y parece ser que a optado por no responderle, de alguna manera se regocijara al saber que ese hombre duro e incomprendido tiene dentro de si un amable corazón, pero ya es tarde, quedara sólo para él , la maldición del eterno sufrimiento.

- Se que siempre quisiste que llegara este momento. Ahora me dejas. Quiero que sepas que, hoy, la habitual bondad de mi corazón de cuando era niño ha vuelto a renacer.

Él no llora, quizás llora su corazón. Por la dura realidad que ha tenido que afrontar durante su niñez, es incapaz de entregarse a sus brazos y abrazarla y con todo lo que siente muy dentro de él quisiera decirle que siempre la amado y querido, pero es tanta la terquedad y el egoísmo que recorre por sus venas que no piensa sucumbir y mostrar su lado mas débil. Pues se avergüenza descubrirse ante lo ojos de los demás que dentro de ese físico pedregoso, descasa, el niño manso e inocente que algún día muy distante fue.

Uno de los otros, hace caer su mano, sobre su hombro robusto y abatido indicándole que es hora. Ella tiene que partir. Él, no parece reparar, a perdido la noción del tiempo y el espacio, estos últimos minutos que le queda para él sólo existe ella, y nada mas. Tal vez la iluminación se ha impregnado muy dentro de su corazón y parece haberle quitado ese antifaz que tenia desde que era joven y hoy mas que nunca a dadóse cuenta que fueron tantos los errores que había cometido para con ella, la había maltratado vilmente, abandonado cuantas veces quiso para recaer en el regazo sumiso de otras tantas desafortunadas. Y hastiado de los placeres indómitos de la carne con la complicidad del tiempo que con su pasar veloz hace olvidar las amarguras, volvía a seguir explotándola.

Con la dicha angustiosa, pero dulce, de saberse eternamente enamorada de su hombre. Sabiendo también que con ímpetu y valor ha sabido resistir a cada golpe de la vida. Con la dignidad imperecedera a vivir una vida más digna que la que tuvo. Hoy se marcha. A sus cortos 42 años, bien a sabido que la vida es un autentico sufrimiento y que el mundo esta lleno de dolor.

Hace recién unos cuantos meses, él, ha reparado que sus dos hijos ya han crecido y claman con justicia ser reconocidos, y de tantas veces haberlos negado, con la silenciosa presencia de la madre los ha aceptado. Hoy, que ha vuelto a nacer - con el sufrimiento de su alma rendida - a pedido durante la semana, miles de disculpas a los que tanto daño hizo.

Y su venganza para con el hombre culpable de su pronta despedida, es quizás, no haber oído todo lo que él ha dicho, por que ella se a vengado con su silencio y con su mirada ausente. Por que ella. Ha muerto. Su cuerpo reposa tiesamente en el vestido que no llegó a ponerse el día de su matrimonio. Y es ésta – con el recibimiento quieto del día que desfallece - su última parada, antes de ingresar al camposanto y pasar a una mejor vida, si Dios se lo permite. Seguro que sí.

NO SÓLO ES AGUA

[cuento]
Juan Carlos Romero Girón


Son ya las tres de la tarde y, Mamá no llega, son pocas las veces que su retraso ha pasado de los 10 minutos, pero ya llevo más de 40 minutos esperándola. ¡¿No sé qué habrá pasado?! Me fastidia que no me acompañe a lo que ella misma me ha acostumbrado: ver a Papá fluir por debajo del puente. Es como un ritual que le rendimos en memoria a su muerte, una vez a la semana venimos al río que esta a unos kilómetros más abajo de nuestra casa. Los viernes al salir del colegio me dirijo de frente al río, Mamá después de dejar lista la comida me da alcance. Pero hoy no vino.

De regreso a mi casa tampoco la he encontrado, todo me parece misterioso. La comida esta como todos los días, envuelta en un mantel de lana. Esta media fría. Igual en el taper no queda nada, ni los huesitos del pollo.

Van a dar como las seis de la tarde y ella que no llega.

La bulla generalizada del campo lentamente va llegando a su fin, como la tarde que agoniza, los pajarillos se van acurrucando en sus nidos, las vacas van rumiando silenciosas sólo para ellas, el débil graznido de los búhos se oyen remotamente, y muy cerca algún perro con su aullido pretende opacar el silencio y encumbrar de nuevo la bulla que descansa.

De pronto la puerta de la entrada rechina angustiosamente. ¡Es Mamá! Corriendo salgo a su encuentro, de inmediato lanzo la pregunta que estaba mortificándome.

- Mamá, ¿Por qué no fuiste?

- ¿No fui? ¡A donde!

- Al puente. A ver el río, y ver a Papá -, respondo.

- Hijo de que río me hablas, ¿cuál puente? Tú padre nos dejo y no se sabe donde estará. Mira hijito, son como las diez de la noche, es sólo un sueño, ve, descansa. Hoy el trabajo ha estado pesado. Necesito dormir.

Me despierto con el reinicio del bullicio: el gallo que no deja de cantar, las vacas que no dejan de mugir, los caballos que no dejan de relinchar, los perros que ladran lastimeramente.

Bajo a la cocina, Mamá esta elegantemente vestida con su terno de oficina.

- Hola hijo, como amaneciste -. Me dice

- Bien Mamá -. Mami, por la tarde podemos ir a ver el río.

- Sigues con eso verdad. Por estos lugares no hay ningún río, ni puente, ni cosa parecida. Tú sólo has soñado. Mira. De este caño sale agua, como por el río que sólo discurre agua y es sólo agua y nada mas, como tu sueño, es sólo un sueño.

Mamá se ha ido al trabajo, me dejó comida para que la calentara, ha dicho que no volverá hasta muy entrada la noche. Hoy no hay clases. Es sábado. Después de tomar desayuno, he decidido volver al puente, a ver si puedo distinguir por entre las aguas del río a Papá. También, deseo saber si por debajo del río corre agua y es sólo agua y nada más. Como tercamente me lo repite Mamá.

Por un polvoriento camino, rodeado de árboles verdosos que amablemente se desprenden de su savia fresca, llego al puente. Es un río pequeño, de poca agua y muy mansa. Agarro varias piedras y una a una voy arrojándolas a la corriente que sólo es agua. Las piedras sin mayores dificultades se sumergen para perderse en lo más recóndito del rió. La corriente no parece poner resistencia a las piedras. Cada vez que arrojo con todas mis fuerzas o calmadamente, las piedras, sin mayores problemas igual se sumergen.

Dentro de él no esta Papá, sólo fluye agua y nada más. Mamá tenia razón el agua es solo agua.

Cuando de pronto una densa neblina, espesa y turbia emerge de los suelos y comienza a taparme. No veo más allá de unos cuantos pasos. Estoy asustado. Las neblinas por estos sitios son muy esporádicas. Cada vez más turbia y pesada la neblina va opacando por completo el río y sus alrededores. Por momentos sólo se escucha el inocente borboteo del discurrir del río. No sé qué hacer. Decido a tientas marcharme. Casi al final del puente, una imagen como formada por la neblina se viene acercando lentamente hacia mí. ¿Será Mamá? ¡Que alegría! ha venido a decirme que Papá no esta en el río, y que por él, fluye agua y nada mas. Pero ¡no! Es un hombre de aspecto sensible y envejecido, con un costal al hombro, se viene acercando. Lo saludo.

- ¡Buenos días señor!

- Como estas jovencito, ¿Qué haces por estos campos solitarios? Te has perdido.

- No, señor. He venido a ver el agua del río, y que al final es sólo agua y nada más.

- De veras crees, que el agua es sólo agua y nada más.

- No sé. Pero en el río no veo otra cosa que sea agua.

Amablemente me pide que me siente - te explicare que el agua no es sólo agua- a cogido una pequeña piedra y va lanzándola al cielo una y otra vez.

- Te diré. Que la vida es un ciclo de transformaciones. No es eterna. Está en constante cambio. Y mostrándome la piedra, prosigue. Esta piedra, dentro de un tiempo determinado quizá sea tierra o tal vez polvo, y ese polvo se convertirá en un arbusto o en otro ser, de la misma forma que el agua hoy se te presenta como tal, como agua, algún día puede ser otra cosa, y en general las cosas dejaran de ser lo que hoy son, para luego adquirir otro valor y otro sentido.

Al escuchar atentamente su explicación, volteo la mirada a contemplar el agua - en la que creo ver a Papá - que algún día será otra cosa ¿pero qué cosa? ¿No lo sé? Quiero agradecerle por su explicación, vuelvo la mirada hacia él. Pero ya no esta. Se ha marchado. Más de pronto el esclarecer del día vuelve a mostrarse como siempre, la neblina se borra dando pasó a lo incierto, estoy en medio de la nada.

Sin reparar a mis alrededores sólo corro y corro, hacia el trabajo de mi madre. Le diré que el agua no es sólo agua, que la piedra no es sólo piedra y que algún día se trasformaran, para recibir otra vida nueva. La calle adquiere otra realidad. Esta tupida de carros. De tiendas. De edificios. De peatones y de bullicio. Mamá trabaja en una notaria. Jadeante, llego a su oficina – sin tocar - abro la puerta y me quedo absorto. Mi madre no es mi madre. Es otro ser. Es mi Padre. Sin los saludos de por medio pregunto por mi madre. Más él me mira con dulzura y me dice -. Mira hijo, tú sabes que tu madre ha fallecido hace 14 años ya, pero me alegra que siempre la recuerdes y preguntes por ella. Después de estar un rato con Papá, recordamos que Mamá se nos fue en un accidente de transito, y como ella había falleció en el torrente de un río, quizá por eso sueño con ella y la veo fluir en las aguas del río. Salgo de la oficina y me voy de regreso a casa.

Sin duda lo que ha pasado conmigo podría ser sólo un sueño y nada más. Pero me alejo rebosando de una colosal alegría. Así como el agua no es sólo agua. La piedra no sólo es piedra. Mis sueños no sólo son sueños. Quizá algún día, se transformen en realidades y pueda por fin conocer a Mamá y ser quizás el testigo presencial - un día muy lejano – de la trasformación de las cosas.

8 Poemas

[poesía]
Denise Vega Farfán


Oscuridad

Humedecida hollada

Y no saciada la oscuridad

Persiste

Dilata más las cuencas

Estruja la cárdena cima

La mujer en su insistencia

Cede su cuerpo como la sed del jaguar

A la sangre de una liebre

Es la cruz central del sacrificio

Cada poro se desbasta y vuelve a tramarse

La ebullición cuesta abajo

Es un hogar de rojas y azules exequias

En la oscuridad esa mujer sortea nombres

Mientras que cómo infantiles recuerdos

Punzantes manos la auscultan más allá

Del revés de sus ojos

Hasta que finalmente en medio del más alto gemido

Encuentra el suyo

Despegarse de sí

Como el sol de sus vanas metáforas

Descubrir los verdaderos reflejos del silencio

Verse partir de mil formas

Como un pequeño fuego

Un animal mitológico

Una égloga vacía

U otro camino de batientes horizontes

Ah

Pero todo sería menos soez

El hundir fúlgidamente mis pasos

Hasta en cualquier lenguaje surcado

Por venenosas fragatas con baluartes

De sanguinolentas patrias

Sin fermentar mis raíces

Si tan sólo la mano túrgida de luz

Emancipadora

Que prometiste sobre mi cabeza

Se construyese

Hasta quedar en mis ojos un pabellón

De definitivas señas

Tu cuerpo cae en el poema

Como en un lecho de vivas lápidas

Ha muerto tu nombre

El aire de tus alas

El misterio que aullaba advirtiéndote el encanto

Como en una procesión detrás de tus ojos también van

Los seres que amamantaste

La soledad como fantasma mordaz y riente

El placer como caracol que se encoje succionando

Lo áureo de tus llagas

Tu cuerpo cae en el poema

Y acaso estas palabras germinando en tu tierra muerta

Sean los perfectos pies

Para comenzar los verdaderos pasos?

Cubierta

Moldeada de ti

Renazco

Para seguir el rigor contrario de tu sombra

De ancianos huimos

Por la vertiente de las demoliciones

Ahí entre rocas y restos de antiguos mares

Que dejamos vaciar de nuestras manos

Por intentar atrapar lo que nunca tuvimos

Encontramos nuestros rostros

Reclamantes letargos de agonía

Y al fin y al cabo

Infinita legua de verdad

Ha de también ver esto la pequeña

(La última de nuestra oscura estirpe)

De una buena vez

Para que cuando retorne a su destino

Ya no tenga que apoyarse en las oquedades de nuestros pasos

Dejados en la vertiente como un advertencia

Sino ascender como la blanca trayectoria de un ave

Luego de ver cómo cortan los filos

De un absurdo combate contra tropas

Que no son sino uno mismo

No deseas que este día sea una puerta más que se atora

Un salobre elipse más que se desvanece en el río

Olvida las lápidas

Borra los epitafios con los que estocas cada pasado día

Adora tu vientre cortado y sellado seis veces

El emplasto de nubes negras que delinean tus pasos

La esquina cada vez más carcomida y estrecha de sol

La oleosa medalla enmohecida que brilla en tu alma

El último grano de arroz que agoniza en el fondo de tu plato

Las esteras que arman tu cuadrangular de destierros y soledades

Ese timbre celestial que ya no suena

Para llamarte a danzar

A volar

A aterrizar

Como un hacha de luz en medio de tu existencia

Porque es ahí

Donde otro cielo aromado de placenta fresca nace

Porque es ahí

Donde la nada no sólo desova

Sino que también devora sus propias crías


Ven a esta sombra llena de espigas

Llena de rostros sin reflejos y dedos como tijeretas

Que te agujerean el corazón para ensordecerte

Ven

Quítate el pelo

La piel

Las palabras

El cuerpo

El nombre que usas

No te servirán

Ven a esta sombra

Al cordón umbilical de tu verdadero nombre

O retraso

Escupe las estrellas que hurtaste

El estómago vacío y azul es mejor

Tiéndete sobre el agujero

Y sabrás lo que es hablar con las nubes

El mar es una pregunta

El mar es una respuesta

El mar es un escapulario

Donde todos los rostros acuden

El mar es un ojal por el que se engasta la muerte

El mar es el mar de cada uno

El mar es el desierto de cada uno

El desierto también es el mar de cada uno

Pero estamos hablando del mar

Y el mar es una estrofa inabarcable

Que sólo se llega a cantar

Con la cuenca entre sus olas


Hay mucha música

Hasta en la pata seccionada del insecto

Que aún se mueve

En los pinceles frígidos

El lienzo moteado

La lluvia traspasando las paredes

La carta que no se responde

Y la que no llega también

Hay mucha música

En las cuencas selladas de tus pasos

En el azul que te lacta

En el mar que se absorbe entre dos cuerpos

En el cuchillo que retrocede

En la ceniza arremolinándose en el paladar

En los sucios cartones del perro

En las nubes que se atragantan

En la calle que no se cruza

En la puerta que no se toca

Hay mucha música

Demasiada

En el llameante vaivén que se resiste

En el corazón que estorba y muerde

El cuerpo que lo enluta

En las raíces que no cesan de contraerse

En las fuerzas que se rechazan

En el corvo sigilo del exilio

En la prótesis que conjuga al golpe contra el suelo

El dardo sonido de la transparencia

La luna

-ese ojo derramado

esa tundra de vientos que arrastran muñones y

cadáveres celestes-

No aflora

Tu nombre se secciona en carnívoras lianas

La duda es un niño de leche

Y hay mucha música

Desmedida

Hasta donde no ha quedado nada más

Que un cirio chamuscado

Reunión

[cuento]

Jesús Jara Godoy

Primero: una reunión con personas confiables, conocedores de todo. Segundo: mi ex enamorada hace su ingreso para presentarnos a su nueva pareja. Tercero: los vinos trepan lentamente. Cuarto: una favorita pieza musical me invitaba al centro. Quinto: observo detenidamente a Nadia. Sexto: recuerdos renacen cuando me encamino hacia ella. Séptimo: un tipo se interpone. Octavo: un empujón consigue derribarlo. Noveno: la tomo del brazo y salgo de la reunión, mientras el caído es pieza de golpes financiados por mí. Décimo: frente a frente le digo que no la he podido olvidar, y súbitamente un beso nos une. Dejamos la reunión, olvidando el motivo: mi onomástico. Tomados de la mano caminamos en silencio. Las calles resultan acogedoras a nuestros pasos. Las tenues luces de algunos postes alumbran lo que tienen que alumbrar: dos seres abandonados al presente, al momento. Y a unos cuantos metros, el espacio al cual nos dirigimos: un hotel. Ahí nos esperan Carlos y Enrique.

El recepcionista nos entrega la llave del cuarto ya alquilado por mis amigos. Subimos hacia el tercer piso. En su mirada noto predisposición, un confío en ti el cual me hace su dueño provisional. Mi celular vibra. Pido unos segundos a Nadia para contestar la llamada, y me alejo un poco. Ya está. Todo terminado. Era lo que necesitaba oír. Cuelgo y voy directamente hacia la chica la cual me espera en la puerta del cuarto. La beso tocándole sus pequeños senos. Introduzco la llave e ingresamos. Una oscuridad nos envuelve. Enciendo las velas aromatizantes preparadas para la ocasión. Empezamos a desvestirnos, y me percato, por vez primera, de que la niña de diecinueve años ha quedado relegada, olvidada en la nueva anatomía que mis ojos presencian dificultosamente. Para qué describirlo. Llegamos a la cama y el sexo es el protagonista. Acomodándonos para una nueva posición, ella los ve. Sentados, con las piernas abiertas, Carlos y Enrique se masturban.

Nadia intenta separarse desesperadamente de mí. Grita estruendosamente. Nadie la escucharía. El hotel está dispuesto a mi dinero. El recepcionista es Ricardo, un antiguo condiscípulo de la universidad. Cuando le comenté mi venganza no lo aceptó. Pero después de proponerle una buena cantidad de dinero, más de lo que ganaría en un día entero, aceptó. Todos tienen un precio, Ricardito. No te acuerdas por qué terminaste aquí, sentado como huevón, y esperando a gente que se apiade de tu jodido hotel? Dime tú qué pasó, caído abogado. Ten en cuenta que te estoy ofrecieron más dinero del que te dieron esa vez. Defendiste muy bien al acusado. Pero eso de conseguir testigos falsos fue todo un revuelto. A todos nos llega nuestra hora. Fue así que se convirtió en nuestro nuevo cómplice, uniéndose a los demás.

Los gritos continúan. Le propino un fuerte golpe en su rostro para que guarde silencio. Y lo consigo. Sus lágrimas acompañan a una línea de sangre que aparece de su nariz. Me pide explicaciones, y yo se las doy. Nunca había perdonado su traición, haberme dejado por un lamentable y mediocre escritor. Un tiempo largo había pasado para enterarme de su ruptura, y de su nueva relación. Pero ésta, también finiquitó. Ya se han encargado de desaparecerlo. Mi participación en el cuerpo y vida de Nadia, terminó. Doy la señal para que Carlos y Enrique continúen. Ahora sería yo el observador. La amarran en la cama, y empiezan a tomarla. No siento piedad alguna por ella. Cuando le dije que aún no la había podido olvidar, fue para traerla hacia este lugar, hacia esta situación. Sabía que por más que ella continuaba con su lista de enamorados, no conseguía apagar la llama de mi amor, de mis recuerdos. Me paro para darles a los hombres que tengo al frente ciertas navajas y cuchillos. Hagan lo que deseen, les digo, y salgo del hotel.

Pasaron cuatro horas para que mis amigos lleguen al bar en donde me encuentro yo. Ya, Jesús. Todo hecho. Y el cuerpo? No te preocupes. Nunca aparecerá. Y se marchan cuando les entrego el paquete con el dinero dentro en agradecimiento a su trabajo. Termino mi vaso de ron, y ante la vista de los parroquianos, me disparo un balazo en la cabeza.

Noche acabada

[cuento]
Jesús Jara Godoy

El semáforo proyecta una luz roja, cruzas. Piensas en sus últimas palabras diciéndote que ya no te ama. ¿Qué error cometiste? Unas lágrimas acompañan a una lluvia lúgubre. Caminas acompasamente en esta calle que desconoces. ¿Por qué? ¿Por qué te lo dijo? Recuerdas el primer encuentro. El primer beso. La primera noche juntos. Enciendes un cigarro. Tu larga melena se presta al viento que lo deshace. Te la sujetas y empizas a suspirar. Aspiras fuertemente. Te resignas a todo esto.

La noche es una larga manta de tristeza. Tu rostro se demacra de odio y de fisuras hospedadas. ¿Por qué hoy? Su rostro desaparece en un mar oscuro. Su sonrisa destroza el cuadro mental que le hiciste. Tus manos intentan en vano alcanzar un ángel sombrío. Aspiras y expiras con los ojos cerrados.

A dónde te diriges. Observas a tu alrededor sólo sombras, imágenes desgastadas por la circunstancia. Respiras un aire contaminado de traición. Llegas a un bar. Entras y pides una botella de vino. Empiezas a tomar ese líquido dulce que te sabe amargo. Escupes lo tomado. Arrojas la botella: un sonido que llama la atención de la gente que poco tiene que ver con lo que te sucede. Los mandas a la mierda en silencio.

Enciendes otro cigarro. Tu destino lejano está cerca. Logras verlo. Tu traje negro se abandona a las gotas oblicuas que llegan a ti. Te preparas a dar ese salto, te anticipas. Imaginas sangre diluída en la pista. Nadie te observa. ¡Qué más da!

Saltas. Tiempo rápido. ¿Por qué te dijo eso? Y un bloque de concreto te recibe.


Blanco y negro

[cuento]
Edmir Espinoza


Una bocanada de humo marcó el final de este cuento. Lo selló para siempre. Terminó con el desenlace perfecto, sorprendente, que todos los relatos quisieran tener.

Y es que una bocanada de humo como aquella, venida de quien vino, puede acabar con cualquier clase de cosa. Sea esto un relato, una hoja de papel, o un trabajo de ocho horas frente a un monitor, haciendo cuentas interminables o contestando un teléfono que, inexorablemente, seguirá sonando.

Úrsula no tiene una edad en particular. Ni edad, ni tiempo, ni color, ni sabor ni marca ni nada que la clasifique de entre todas las mujeres como ella. Pero pongámosle edad por hoy. Digamos que Úrsula está en sus veintes. En sus veintitantos. Veintisiete. Veintisiete años que pasan volando, y que acumularon en Úrsula toda esa energía y ese poder y esas turbias ganas de todo y nada. Será que, simplemente, su belleza denotaba algo de misterio. Pero tampoco es que fuera el misterio del siglo. Quizá lo que más llamaba la atención de Úrsula eran sus manos. Blancas y espinosas. Con las uñas roídas de tanto mordérselas, pero adornadas por una movilidad que le daba una energía distinta a todas las demás movilidades y a las demás energías.

Esta mañana Úrsula anda medio distraída. Sus manos hacen alarde de su hiperactividad al jugar con el boleto de micro, doblado de mil maneras. En su hombro cuelga una Canon 300D. Anda tomando fotos a todo y a todos. Las expresiones, los colores en sí a mismos (y eso que hoy Úrsula toma fotos en blanco y negro). Juega con las sombras, con las luces que irradia una mañana perfecta como la de hoy. Va de un lado al otro, sosteniendo un cigarrillo prendido con la misma mano con la que sostiene la cámara. Anda feliz. Ligera, en todo sentido. Sus faldas revolotean con el viento fresco de la mañana y sus lentes oscuros reflejan las pocas nubes que adornan un cielo inmenso y azul. A estas horas de la mañana, Úrsula está tan concentrada en las luces, en las gentes y en cada cuadro, maravilloso, que le da la ciudad, tan milimétricamente desproporcionada consigo misma, que ni caso ha dado a las formas, algunas graciosas y otras terribles, que el humo espeso del cigarrillo rojo que aspira, va creando al salir de su boca y su nariz.

Y es que Úrsula es una de esas personas que repara en este tipo de cosas, en cada pequeño detalle, imperceptible para todos. Para ella, no hay nada más que detalles. Detalles que forman detalles. Por ejemplo, los colores. Úrsula siempre anda preguntándose el porqué cada cosa es de tal o cual color. Gusta jugar a ponerle colores a cosas que, en cualquier otro caso, tienen colores muy distintos. Así, Úrsula camina viendo rosados donde hay turquesas, y verde limones donde solo se ven amarillos patitos (no hablemos de los patitos vistos por ella de verde limón y viceversa, que nos abriríamos del tema aún más, y en lo que estamos no es en los colores y los patos y los unicornios verde limón, sino en esto del relato que se acaba con una bocanada de humo espesa y profunda).

De vez en cuando prefiere quedarse en su casa, y repasar los diarios de todas las formas posibles. Anda de aquí para acá, haciendo que cada acción, supuestamente trivial, tome un cuerpo esencial que ya quisieran tener las cosas importantes. Úrsula y sus formas de actuar son tan peculiares, incluso en situaciones tan cotidianas como el comer con cubiertos, tomar una cerveza, subir el ascensor o prender un cigarrillo, que el común de la gente tiende a voltear disimuladamente para detenerse en cada gesto, en cada acción, en cada manera y ademán que realiza con ese aire a distracción que
lo envuelve todo.

Si pensamos, por ejemplo, en su manera de comer con palillos chinos, podríamos encontrar mil y una particularidades en sus maneras. Su cabeza agachada, siempre, como desconfiando de su destreza para atrapar y ahorcar cada fideo, sus dedos, traviesos, cambiando a cada segundo de posición, en
un intento vano pero insistente de encontrar la posición perfecta de comer sin amar una cochinada de aquellas.

En fin, Úrsula se tomaba en serio cada acción, a simple vista trivial. Por ejemplo prender un cigarrillo o aspirar con fuerza el humo de un cigarrillo, o lanzar, lentamente, una bocanada de humo de un cigarrillo sin saber a ciencia cierta que es lo que viene después de todo esto del cigarrillo.

Finalmente Úrsula ha llegado a su casa ansiosa, sin saber exactamente que esperar. Y es que hace días que anda medio neurótica. De pronto, un día despertó con esa sensación, tan terrible, de aquel que espera algo. Y Úrsula, como todos, detesta esa angustia de no saber que es lo que uno debe
esperar.

Para Úrsula no hay nada peor que la espera. Lo peor de todo es esperar algo, a alguien, a algún suceso o cosa, sin saber a ciencia cierta que es lo que maldita sea se espera. Entonces, pasa una brisa que refresca el ambiente y hace bailar las cortinas, y uno se queda con esa incertidumbre terrible de no saber si es que lo que debía pasar, pasó ya, en forma de brisa fresca, o es que lo tan esperado debe llegar todavía, y la brisa -la dulce y fresca brisa- fue solo un preámbulo de todo.

Hoy, sin embargo, la mañana es deliciosa por sus 12 costados. Así que deja a un lado su cámara fotográfica, y emprende, de nuevo, una caminata saltarina que invade la ciudad, casi siempre turbia y melancólica, y la transforma en surrealista y calida.


2

En contraparte, Antonio no espera nada de nada. Para el todo es más simple. Más práctico. Antonio no se preocupa de los colores. Para él todo tiene el mismo color. Para Antonio, las comidas y los desayunos y las cenas y eso de comer con palillos chinos no merece tanta importancia. Si hablaras con el, te diría que todo está dicho. Que no hay mucho más que pensar. Que todo ya se pensó. Absolutamente todo.

Pongamos, por ejemplo, que este día el carro de Antonio se averió. No quiso prender. Así que el gritó, puteó y maldijo al pobre auto. Lo golpeo incluso. Lució furibundo por un momento. Que el maldito auto no avanza, que no quiere prender. Claro, a él no se le ocurre que la mañana está como nunca. Que la
brisa que pasa en esta mañana lo mantiene a uno especialmente fresco, que el sol brilla, pero no calienta lo suficiente como para que Antonio tema que los sobacos comiencen a sudar y entonces la camisa blanca mojada en las axilas. Y toda la oficina que no dice nada, pero que asco.

No. Antonio jamás se detendría a ver que todo está perfectamente tramado para que ese día, justo ese día, vaya al trabajo a pie. Pero que puede hacer, es tarde, la oficina está a apenas 10 cuadras y el maldito Peugeot no le dan las perras ganas de arrancar. Así que el saco del terno al hombro, colgando del dedo medio, y a andar.

Una lástima que Antonio sea como es. Porque las personas como Antonio no se detienen a ver nada de nada de lo que realmente interesa ver. Bien podría pasar un avión United por los cielos esa mañana, o aparecer un arco iris de colores totalmente vagos, difusos e inexistentes, o de pronto, escucharse entre el murmullo solitario de todos los oficinistas en traje y sastre a las 8 de la mañana, un sonido de arpas y violines que viene desde lejos y que se deja llevar por el viento, enarbolando melodías que tampoco existen o existirán, y a Antonio le hubiera dado exactamente lo mismo. Es más… de seguro el avión de United sería lo único que le haría pensar un segundo en el vuelo que debe tomar el fin de semana para una reunión de directorio muy importantes. Las personas como Antonio siempre tienen reuniones de directorio que siempre son muy importantes.

Las personas como Antonio, muchos dirían, tienen un concepto algo retorcido -incluso quijotesco- de lo que es lo importante y lo trivial. Digamos que su pirámide de prioridades anda medio de vuelta y media, como después de un tornado que lo despelota todo de buenas a primeras. Entonces las mañanas perfectas pasan a ser cosas que no vale la pena ver, y las reuniones de directorio son, a lo menos, urgentísimas e imperdibles. Y pasa que una noche jugando con los niños, acariciando al perro y cocinando con mamá pastas, es menos vital para uno, menos excitante, que ver el partido de fútbol que pasan en canal 30 a las 8. Las personas como Antonio son los adultos del que habla el Principito. No entienden un carajo de nada, y le dan vuelta a toda lógica, por más obvia y previsible que esta sea.

Entonces, pasa que Antonio camina, con la camisa blanca impecable, la corbata celeste impecable y el terno azul marino de todos los días. Y resulta que no se detiene a ver las perfectas nalgas de la mujer que no solo lo acaba de cruzar, sino que lo ha mirado a los ojos, fijamente, atraída por esa estabilidad y esa sensualidad propia de gente con el cabello recortado, la afeitada al ras y el terno bien puesto. Antonio no se ha inmutado, no ha volteado ni de reojo. Lo único que pasa por su mente es el viaje del viernes y el partido del sábado y Diana, la compañera de oficina que se tira de cuando en cuando y en el polvo que se va echar con ella en unas horas,
porque ha salido apurado y no ha tenido ni tiempo para hacerse una paja antes de vestirse de corbata celeste y terno azul marino.

Tampoco se ha percatado, camino a la oficina, que la luz del día está peculiarmente perfecta, apropiada, para tomar fotos en blanco y negro, y jugar con las sombras y con las luces que se reflejan en las ventanas de los edificios.

Finalmente Antonio llega a la oficina y, lejos de sentir en el pecho esa leve tristeza de quien entra en una caja de zapatos por 8 horas y se pierde el resplandor de una mañana de fotografía en blanco y negro, siente un enorme alivio de saberse en la seguridad de su oficina con café recién
servido y el aire acondicionado estratégicamente acondicionado a el. Vuelve entonces, a esa modorra feliz en la que viven miles de personas. Vuelve a los edificios y oficinas y ordenadores y llamadas importantes y citas y agendas llenas y rutinas y sonrisas hipócritas y todo eso que el resto del mundo detesta con todas las fuerzas que un pueda tener.

Yo también odio esas cosas. Porque, al fin y al cabo, lo que es Antonio es un producto más de todo lo que se debe ser. Y no hay nada peor que ser, en esencia, políticamente correcto. Y no hay nada mejor que, cada día, decepcionar un poquito a cada quien con cada cosa.

Pero en fin, no es nada ético ir juzgando a los personajes que uno mismo va engendrando. No hay mérito en jugar a Dios y decir Antonio tal cosa y, en cambio, Úrsula tal otra. Sigamos con Antonio, que a estas alturas debe estar cómodamente apoyado en el respaldar de su silla de cuero, respirando profundamente todo ese aire artificial de la oficina, o quizá ya en la sala de fotocopias, con el pantalón en los tobillos, y las manos sosteniendo las nalgas de Diana, que es la encargada de recursos humanos y anda también medio estresada porque el gerente le ha pedido hace un par de días no se que documentos que uff…, la obligan a trabajar más de la cuenta toda la semana.

3

Aunque, quizás sí. De repente todo se va al diablo, lo mando al diablo digo.
Porque aquí el que manda o no las cosas al diablo soy solo yo. El que le puso esa corbata celeste a Antonio fui yo, el mismo que desabrochó la blusa de Diana, el que le dio el puesto de encargada de recursos humanos. Soy el que le enseñó cada una de sus particularidades a Úrsula y aquél que organizó la reunión del viernes para Antonio. Yo les puse el nombre a los dos y a los dos les enseñé a comer comida china. Yo le compre el Peugeot a Antonio.

Es cierto… ando un poco alterado. Pero es que Antonio y toda su rutina me terminan por sacar de quicio siempre. No soporto sus aires de éxito hueco, vacío. No soporto que no reconozca la frustración cada mañana, cuando lo cachetea cada vez que, frente al espejo, se afeita al ras con su match 3. No comprendo como, algunas noches, no llora en un rincón de su cuarto, maldiciendo la vida acartonada y terrible que le toco padecer. No me entra en la maldita cabeza como fue que aceptó sin murmuraciones el papel que le encomendé en este relato.

Quizás es que simplemente no sepa vivir de otra forma. Así como un niño pobre del África no extrañará jamás los viajes en jet privado, y en cambio se sentirá feliz con tener un pan que comer cada día, así mismo Antonio no puede sentir añoranza por una vida que no le tocó vivir. Que no le dejé vivir. Por eso, quizá, vive contento. Por eso no mira los fulgores de una mañana perfecta, por eso pasa de largo ante un par de nalgas que, rítmicamente galopan cubiertas por apenas una minifalda mínima. Antonio nació, fue creado en un medio hosco, en una jaula de víboras en la que la felicidad y el éxito se miden por el tamaño del pene, de la oficina y del apartamento. No sabe mirar. No sabe sentir.

Y bien. De repente el causante de tanto martirio para el pobre de Antonio sea, justamente, quien deba otorgarle, de cuando en cuando, un poco de libertad. Quizás, quien sabe, Antonio solo requiere ese empujoncito tibio, ese abrir de puertas para darse cuenta en la mierda en la que se halla embarrado. Tal vez basta una simple ojeada alrededor y zas!, Antonio se me deja de tanta tontera y comienza a tomarse las cosas importantes un poquito menos en serio, y las triviales, con algo más de atención.

Así que Antonio acaba de dejar a Diana relamiéndose toda, como una gata en celo. Ha sentido como la corbata de todos los días, de repente, le ajusta de una manera terrible, y se la ha quitado como ha podido. Antonio ha caminado hacia su oficina, y la ha visto tan inmunda, tan llena de papeles y números y de paredes y ventanas, que de pronto, ha sentido unas ganas inmensurables de ver la mañana de frente y sin el vidrio polarizado de su oficina de por medio. De modo que ha hecho desbarajuste y medio con las mangas de su camisa, en un intento atolondrado de remangarse y ha cancelado, a gritos, todas sus citas del día. Antonio, finalmente se ha largado de la empresa dando pequeños saltos, similares a los que da un niño pequeño cuando sale al recreo, con una sonrisa súper extraña, una sonrisa que denota una felicidad tremenda, ajena a esa oficina tan cuadrada y rectangular y pentagonal y hexagonal que nada tiene de chiste, una sonrisa que, al fin y al cabo, nadie del trabajo le había visto antes.


4

Antonio no entiende nada. Está en su departamento, parado, apoyado en el balcón mirando al infinito. Anda sin la lustrosa e impecable corbata celeste de siempre. Está con las mangas dobladas y la camisa arrugada. Es mediodía y no está en la oficina…. Justo hoy que tenía tantas cosas que hacer.

Antonio hace, entonces, lo que siempre uno hace cuando todo pareciera ser solo un sueño extraño y desprovisto de todo hálito de realidad. Se frota los ojos, con los nudillos primero y luego con la palma de las manos. Nada. Todo sigue igual de confuso, igual que hace instantes, cuando todavía existía un ápice de esperanza que todo fuera una mera ilusión.

Pero parece que las sorpresas siguen llegando. Y Antonio nunca hubo de aprender a reaccionar ante las sorpresas de otra manera, que no fura con terror. A sus espaldas, hay alguien. Una persona que se contornea en el sofá y ríe. Hielo en las venas de Antonio. Entonces, cuando Antonio todavía no comprende nada, oye una voz extraña, distinta a todas las que escuchó alguna vez. La voz ésta, hipnotizante y juguetona, lo llama. “Antonio, no te quedes pegado, ven acá”.

A Antonio le vinieron mil y una fiebres de golpe. Los bellos se le encresparon de repente y una pelota imaginaria se le atravesó en el esófago, dejándolo casi sin aliento. Miedo, terror, angustia, nervios, quien sabe que. Alguna de las tantas sensaciones que produce la voz de alguien nombrando a uno, fue la causante de que, a pesar de las infinitas ganas de saltar en ese mismo momento del balcón, Antonio solo atinara a voltear y, una vez con aire, observar con algo de encanto y algo de espanto a esa mujer, tan lejana y tan cercana, que tomaba cerveza de pico y que lucía –o deslucía- un moño apresurado en el pelo, y una camiseta blanca que dejaba ver sus pechos, pequeños, redondos y abultados, en toda su esencia.

Antonio no andaba seguro de nada ni de nadie. Menos aún de aquella mujer que, tan campante, lo llamaba con un tono de voz tan familiar, tan casual, tan de todos los días. No sabía nada de nada. Así que prefirió no hacer nada que no hubiera hecho en cualquier otro momento. Buscó una de sus tantas corbatas en el armario donde se alojaba un mundo organizado y meticuloso de camisas y corbatas y pantalones y zapatos y correas y gemelos y todas esas cosas. Eligió una al azar y articuló su mejor nudo en pocos segundos. El cuello sintió la presión incandescente de la corbata atada a un punto imposible. Se sintió extraño. Al fin, buscó uno más de sus tantos sacos y se dispuso a salir de nuevo del apartamento a diez cuadras de la oficina y, ahora sí, encontrar que su Peugeot estaba listo para arrancar y ocupar el estacionamiento 215 de todos los días.

Regreso en el ascensor. No estaba su Peugeot. Nada parecía ser como debía. Tampoco estaban en el bolsillo las llaves del departamento ni el celular de última de generación que llevaba en el estuche de siempre, siempre en el mismo estuche, en la misma correa.

Al tocar la puerta, furibundo, el mundo pareció caérsele encima. Una duda tremenda lo invadió durante largos segundo, hasta que Úrsula abrió la puerta con un estuche, bastante más grande que el de su celular de última generación:

- Olvidaste tu cámara.

Luego, como no, Úrsula chupó el cigarrillo casi consumido que sostenía entre sus dedos, y sopló una bocanada profunda y espesa de humo.

Microcuentos

Edmir Espinoza

Pum Pan

Lo miró, con sus ojos viejos y cansados. Lo miró por última vez y vio en él a un pedazo de hombre. Solo era un niño, un pequeño con ínfulas de héroe. Lo encontró tan desprovisto de todo, tan a merced de una suerte ya esquiva, que sintió lástima por él. Aquel jovencillo travieso solo había querido llamar la atención con sus mataperradas, pero estas habían causado ya, muchos disturbios. Así que al Capitan Garfio no le quedó más remedio que apretar elgatillo, y con esto, todo el país del Nunca Jamás se vio envuelto en llamas.

Señal que avanzamos

Con los ojos tibios, atiborrados de lágrimas huérfanas, miró el cuerpo desgarbado y raquítico de su oponente, que yacía tumbado en la hierba, inerte y baboso. Tomó el sable con aquellas manos grasosas y mofletudas, y lo volvió a hundir en el abdomen del muerto. La lucha había terminado luego de innumerables anocheceres y amaneceres, testigos de un combate sin precedentes. Luego, con la manga sucia de su camisa borró los últimos vestigios de un llanto que nunca más lloraría. Tranquilo ya, montose Sancho Panza en Rocinante, y cabalgó al encuentro de Dulcinea, su amada damisela.

Relatividad del tiempo

[cuento]
Antonio Taboada

Encarar al espejo es todo un dilema, Marisa lo piensa por lo menos dos veces antes de animarse a cruzar el pasadizo hasta el baño y luego asomar ese rostro tan bien cuidado por las mañanas en la estética y por las noches con sus mascarillas; pero sabe que es una obligación ineludible pues de no ser así no podría empezar el día o por lo menos no tendría la sensación de haberse despertado realmente y entonces levantándose con mucha pereza se dispone a desmadejar la rutina que el Lunes se le hace más pesada. Ya de por sí cruzar la puerta de su cuarto implica serias dudas, llegar al pasadizo y empezar con el calvario de imaginar lo que pasaría sí... Asoma la cara y un brillo en el espejo le provoca cierto escalofrío, pero Marisa no se da por vencida y a continuación da otro paso, los siguientes ya no son tan incómodos, y ya cerca del grifo no sabe si asumir su reflejo o simplemente seguir lavándose obviando por completo el objeto. Al final se mira (la vanidad puede más que cualquier miedo) y encuentra sorprendida que un surco rubrica un tramo de su párpado izquierdo, con lo que angustiada se lava la cara una y otra vez a fin de que la pesadilla se desvanezca, pero al mirarse nuevamente la grieta que se resiste a irse, fina ironía, parece más bien resplandecer. Pensando en las consecuencias del hecho le pide prestado los lentes de sol a Gabo, que no entiende cuál es el motivo puesto que estamos en pleno invierno, y aludiendo una excusa inverosímil se dispone a cogerlos de su mesa de noche. Marisa no deja de pensar en los motivos de su vergüenza, piensa en la dieta que lleva, en que quizá no lleva un régimen adecuado y la sequedad de la piel, en la preocupación por los quehaceres, en el jabón de baño, en Gabo que le saca canas verdes, y así sin darse cuenta es presa del pánico. No hace otra cosa que pensar día y noche en el pliegue molesto, teme que el novio lo note, teme que de repente su cara termine pareciendo un plano hidrográfico; en fin, no duerme pensando como va a hacer mañana para cruzar el pasadizo. El reloj de pared, tic tac, la trastorna con su perorata monótona, recordándole como es que pasa el tiempo sin tenerle consideración a uno, y mientras se muerde las uñas se percata que ya clarea el día y que no ha pegado una pestaña. Establecida la mañana no hace otra cosa que meditar estrategias para obviar la engorrosa cita, se debate entre el deber y la premeditada negligencia, pero el sermón del reloj, tic tac, la presiona a levantarse, sin darle mucho tiempo para pensar, y enfrentar un nuevo día. Llena de desconfianza se despereza un poco y luego se pone de pie, piensa que tiene muy buenas razones para deshacerse del reloj; respira un poco antes de decidirse a caminar por el pasadizo. El miedo la llena de incertidumbre pero el tiempo transcurre y en ese momento escucha la voz del abuelo que le avisa que el desayuno está en la mesa y más bajo critica malhumorado el ocio de la juventud de hoy. Al final termina por infundirse el valor que necesita y pone marcha al baño, se repite a sí misma que seguramente ha sido una confusión, una de esas fluctuaciones de la percepción, esas cosas estúpidas por las que uno se preocupa y llegando, muy suelta de huesos, desafía oronda al espejo que, para desgracia, termina por someterla a su capricho y encuentra ahora no sólo el riachuelo del día anterior sino que todo un delta y pega un grito que el abuelo casi se ha infartado del susto; Gabo sube atropelladamente las escaleras y llegando al baño le pregunta intrigado por el escándalo, a lo que Marisa responde con una excusa inverosímil (quién entiende a las mujeres) bien puestos los lentes. El día transcurre sin novedad puesto que no tiene más preocupaciones que su monomanía, en la oficina los minutos se le hacen horas sospechando con rabia que la gente murmura a sus espaldas, refugiada tras su escritorio aguaita con cuidado a diestra y siniestra y no puede evitar sentir que la miran como a bicho raro, se acomoda los lentes y se concentra en escribir la carta notarial que le ha encargado el señor Prado. Piensa un poco en los síntomas que la aquejan, a veces se le ocurre meditar en la locura, en que un loco jamás se da cuenta que está loco, después con más calma reflexiona acerca del miedo y sus consecuencias: las uñas tan cuidadas que ahora son ruinas sin revocar. En monólogo recita muy bajito apologías gerontológicas, se sonríe algo tímida. Mira al reloj, aun faltan tres largas horas para que termine la faena del día. Su mente que no puede estar tranquila elucubra cierta medida para aprovechar el tiempo que resta. Coge el teléfono y llama al novio que ha contestado desde su carro y sin preámbulos le pone fin a su relación. Ultimado este asunto se pone algo triste porque ahora es una vieja y sola, llora un poco (pero esto es normal dentro de los patrones de una saludable anormalidad). Más tarde llega a casa y consigue trasladar la mecedora del cuarto de sus abuelos al suyo, encantada se pone a revisar el álbum de fotos donde aparece Gabo y ella pequeñitos, en el tobogán, en un restaurante, en el Peugeot de papá, ahí con cara de rabo para no comer, por acá abrazada de mamá, y que rápido se pasa el tiempo, en un suspiro. Suspira. La noche la ha sorprendido en plena nostalgia, una sonrisa ajada se esboza sobre su rostro; se peina con dedicación el pelo que solía ser negro y con vida. Sabe que ya no hay nada de que preocuparse, ni de la universidad por las mañanas o de la chamba por las tardes, todas esas frivolidades pasaron a segundo plano, y se acomoda en la cama para descansar. Temprano aún de madrugada la alarma del despertador suena regular y molesta, así hasta que entra Gabo que encuentra el cuerpo de Marisa sin movimiento.

- Es una pena el índice tan alto de decesos hoy por hoy- dice y que se conduele sinceramente-, si te juro que se me crispan los nervios de pensarlo.

- Déjame decirte que este café es una porquería- dice x consternada-, no sé, me parece que vendría bien un poco más de esmero, digo yo.

- Pero si la depresión es todo un síndrome en la generación actual- dice y acercándose al cadáver.

- Y la verdad es que tampoco la salita me parece apropiada para un evento semejante- dice x que vacía el café en una maceta-, hay que ver el poco gusto de estos anfitriones, con eso que de por sí el negro es triste.

- Pobre niña- dice y suspirando.
- Tan chiquilla y tan bonita la condenada- dice x-, no sé, en mi opinión esas colas no le favorecen, ¿no te parece?

Imagen: Norman Rockwell


Los ojos de Gertrude

[cuento]
Antonio Taboada

Un rayo. Antes, Farnsteiner, jamás habría revelado la existencia de semejante tatuaje. Antes tampoco lo habría visto transpirar así, mientras se quita la casaca para dejar a la intemperie su reciedumbre vikinga. Breve, como era en rigor de una melancolía que nadie se explicaba, me ordena que ingrese en el establecimiento. Una llamada al mediodía denunció la tercera víctima que cerraba la serie de asesinatos, celebrada anualmente, en Mannheim. Algo hay de profano y divino en el todo. Ya en el cuartel los colegas especulaban el modus operandi de alguna secta o, en su defecto, algún fanático. Nuestro fantasma. Cuatro años de pogrom sistemático le habían valido una antología selecta de epítetos como paliativo de la mediocridad de nuestro departamento. El aspecto de la mercería es propicio para gestar las formas más acabadas de la aprensión. La fatiga surca el rostro de Farnsteiner que desenfunda su arma, hecho incongruente teniendo en cuenta la sicología criminal. Incongruente también es, en mi opinión, el tiempo que le hemos deparado a madame Gertrude. Superstición alguna es intolerable para ciertas ortodoxias, para la ciencia y la religión. Confieso que la habilidad de la síquica no excede en poco a mi prejuicio, y, sin embargo, poco crédito he consentido a sus inferencias.

En la Monadología, Leibniz supone que todos los elementos del universo están estrechamente relacionados, desde la especie más rudimentaria hasta la divinidad. Esto equivale a decir que la ejecución de una idea no concierne meramente al espacio, sino que, de alguna manera, involucra también al tiempo; no sólo a la austeridad física del cuerpo, sino a la incomprensible vastedad del cosmos. A menudo, una catástrofe depende de un hecho arbitrario, cuyas consecuencias son infinitas; acaso el asesinato de John F. Kennedy lo inspiró el canto de un pájaro. ¿Qué oculta razón justificaría al genocida? De la meditación me extrae la elocuente parabellum de Farnsteiner que me señala el recinto contiguo. Se pasa una mano rechoncha sobre la frente. Los cuartos son estrechos, la ventilación mezquina. Con la luz de una linterna devela un mohoso sótano cuyo fondo es extirpado por la penumbra. Bajamos. Recuerdo aún el primer atentado, Heinz abreviaba las horas con una candente polémica que versó, en primera instancia, sobre el Götterdämmerung. De esa precaria alegría nos despertó el teléfono. La anónima voz de una mujer nos informaba el hallazgo de un cuerpo en las inmediaciones de Augustaanlage. Inmediatamente Farnsteiner emergió de algún recodo para darle curso a la investigación. Era fama que su existencia se remitía a manifestaciones periódicas, nada que no correspondiera al deber. La víctima había sido estrangulada. Su nombre era Benjamin Albalak. Era judío. Era un ginecólogo que ejercía piadosamente la medicina a unas calles del crimen. Era un espíritu generoso que asistía desinteresadamente a parturientas sin recursos.

En un inicio pensamos que el asunto no iba más allá del entrevero habitual de alguna pandilla. Nos equivocamos rotundamente. En días subsiguientes mi correo en la computadora del despacho fue saturado con la denuncia impersonal de dos homicidios más. Mis temores no eran infundados, ésta vez también se trataba de judíos: Heinrich Bejakar y Evelyn Camhi. Fácil fue prever el patrón que los asociaba. La sucesión alfabética había sido, para el psicópata, durante más de un siglo una forma simbólica de exterminio. Eso y la fecha de ejecución me reportaron una suspicacia de mártir. Un año tuve que esperar para atreverme a formular la terrible sospecha que inquietaba mi lógica. Cuando asesinaron, en una visita a nuestra ciudad, al prestigiado rabino de la sinagoga de Othmarschen, Gunnar Martin Dubrowski, el 8 de Agosto, confirmé la secreta ilación del móvil: la equivalencia con el calendario lunar hebreo que computaba la fecha como 9 de Ab. Fecha funesta para todo el que profesara la fe talmúdica, pues evocaba las coincidencias más desagradables para la raza: así, la destrucción del fastuoso santuario, que mandara erigir el sapientísimo Salomón, por los babilonios al mando de Nabucodonosor; así, la ignominia que recayó sobre el pueblo cuando Tito asoló el segundo santuario; así, el ultimátum que les diera España antes de expulsarlos del país en 1492. Tres son las ceremonias que el consenso ha determinado. Un muerto por cada una, así operó nuestro flagelo. La historia ha demostrado que la forma más elevada del oprobio no consiste en ultrajar al individuo, sino a la memoria de los ancestros. Acaso de este modo procedieron los romanos cuando, acallada la rebelión de Simón Bar-Kojba, rebautizaron Judea con el nombre de Palestina en honor a los filisteos, enemigos acérrimos de los hebreos.

Dos días atrás encontramos el cadáver de David Jacobi, un cuchillo le había perforado la garganta. Ya antes hemos recurrido al talento de Gertrude por órdenes de Heinz, cuya inteligencia se dejaba sobornar fácilmente por esas misceláneas (como le gustaba llamarlas). En lo que a mí respecta mi único pretexto consiste en la inútil exposición de las evidencias —quién decía que el terreno en que nos internábamos no era precario—. «Necesita traerme, usted, alguna prenda o posesión del finado. Después ya veremos». Así lo hice. Gertrude era baja, neurótica y sumamente católica. El aroma lánguido del incienso saturaba la habitación. Cosa común era entre adivinos atribuir propiedades esotéricas al incienso. No menos estereotipado se me antojó el cráneo sobre la cómoda y las diversas imágenes distribuidas a lo largo del salón. Cuando regresamos, Brandt y yo, ella tomó la camisa de Jacobi y se puso a auscultarla. Después entró en trance. Brandt, aburrido hasta la impaciencia, prendió un cigarrillo y se lo enchufó en la boca para ocultar una burla que le agrietaba la cara. «Le veo, sí. Es un callejón empedrado. Hace frío y está oscuro, sumamente oscuro. Tiene mucho miedo, mucho miedo de las sombras». Nada dijimos que interrumpiera el exabrupto, nos supeditamos a sentir una incómoda solidaridad; con paciencia esperamos a que volviera en sí. «Señores, deben tener mucho cuidado con este hombre que buscan. Puedo sentir que su alma es negra como una noche sin luna. ¿Se ríe, usted? Ya me dará la razón... Así es, volverá a atacar». Fritz Brandt, devoto del método policiaco, sin perder tiempo cuestionó directamente a la médium sobre las características del asesino. «La tragedia ha sido acometida con un arma blanca». Una vena gruesa y azul le surcó la sien. Poco nos llevó comprender lo ilógico de la situación. «Verá usted, lamento muchísimo no haberlos podido aproximar. La visión fue difusa, la noche ayudó. Esperemos tener mejor suerte la próxima vez». Yo le alcancé un billete, Brandt se volvió sin despedirse. De regreso, Brandt criticaba la ingenua propensión del capitán a convenir con cada patraña. Se vanagloriaba de un carácter inherente teutón: la dialéctica. Recordó a Hegel, cuyo fundamento sumió en el sepulcro la morfología filosófica; recordó a Spengler, cuyo pesimismo lo equiparaba al inconsolable Tiresias. Le dije que Alemania adeudaba al misticismo alguna secreta victoria, añadí que la astrología y el tarot fueron predilección íntima de Hitler, que no podía omitir por simple intransigencia lo evidente. En un tono de infinito desprecio, observó que el fervor del poder es capaz de deteriorar la forma más elevada del pensamiento; dijo que el mayor pecado del alemán siempre ha sido desear todo o nada. Antes, prosiguió, ya se había atribuido a magia la gloria de Alejandro de Macedonia, o, por citar un ejemplo local, el patrimonio de Karl der Grosse (el impostor Carlomagno de Francia). Que defender el infundio es renegar de la causalidad. Mucho distaba de estar en desacuerdo con él, pero es sabido que un credo sólo es templado en la contradicción. El frío de la noche entumecía mis huesos, como ahora. He reiterado a Farnsteiner mi intención de interrumpir las acciones y salir por un café. No sé por qué se lo digo, sé muy bien lo que significa trabajar con él. A Brandt le habían asignado otro caso. Pasándose un pañuelo sobre la frente, sin contestarme, me pide que mueva un poco el estante de los vinos. Un olor a miasma sube desde el mueble.

Cuando llegamos, Heinz, dirigiéndose a Brandt, reclamó los resultados de nuestra investigación. Brandt respondió que no teníamos nada. Yo me encargué de los detalles, estaba visto que mi compañero no tenía la más mínima intención de rendir cuentas. Mientras tanto, Oberländer fustigaba al Internet para dar con la sección K del directorio de familias judías de Mannheim. Los pocos judíos que quedaban en Alemania vivían temiendo el resurgimiento de la patriotería, temor que no estaba lejos de la realidad. La obesidad y la alta presión impelían al capitán a movimientos pausados (dos meses atrás, durante su traslado, ya había sufrido un infarto en Westfalia); frunció el ceño y articuló, luego, una morosa imprecación.

Ayer fue el peor de los días. Impotentes, esperábamos la llamada funesta que denunciara la segunda víctima. Para entonces ya se habría consumado el acto. Eso, sumado a la revisión de una cantidad exorbitante de antecedentes nos inundó de un sentimiento parecido al de la agonía. Cuando el teléfono berreó ya nadie se sorprendió de que del otro lado la voz fría de un equis señalara la ubicación del infeliz. Como cuando un enfermo espera que se le dé el terrible diagnóstico y lo único que anhela es saber, por muy malo que sea, su estado, y así enterado, una feliz resignación lo embarga, del mismo modo el piso se sumió en un silencio unánime. Busqué con los ojos a Brandt para arribar los dos a la nueva dirección. Él escribía no sé qué reporte mientras apagaba su noveno cigarrillo. Me dijo que Farnsteiner lo había destacado a otra misión, la del secuestro del chico Bergner que, también, había quedado pendiente. Los diarios matutinos trizaban el prestigio de la policía.

La distancia, atribulada de iglesias góticas y de abadías barrocas y de castillos inverosímiles, entretejía alguna molesta corazonada. Al volante, Farnsteiner rumiaba alguna estrategia. Vi el Rin; recordé que el tiempo es como el río. Estiércol de pájaro ungió la luna del carro.

La cartera vieja de Margarite Kreskis tal vez sería suficiente para estimular las habilidades de madame Gertrude; eran las siete de la noche cuando toqué a su puerta. Un grueso puro estorbaba su dicción. «Sabía muy bien que volvería, usted». Álgido temblor recorrió mi espalda. Difícil sería hablar de las fluctuaciones de conciencia que experimenté; básteme reconstruir, a efecto de un justo discernimiento, las acciones que se remiten al crimen. Entramos al salón. Las últimas palabras de Gertrude aún resuenan en mi cabeza. ¿Qué quiso decir con que la disposición del cosmos no admite negligencias? Dos cosas hay que mortifican el ánimo: la intriga y el silencio. Bien podría Farnsteiner reunir las dos condiciones. Ni una ligera contracción de repudio le merece el que haya develado la fetidez de la rata muerta. La humedad del sótano amplifica el frío. «Se escondía entre los árboles. Ella no lo podía ver, no lo iba a ver». De vez en cuando intuía en Heinz un rictus que delataba su fascinación por las misceláneas. Sobre todo cuando relataba mis entrevistas con Gertrude. Pensé que nuestra torpeza y su morbo, conjugados, daban excesiva justificación a los agravios, que la prensa, largaba contra nosotros. «Ella grita, pero es inútil, no hay nadie alrededor. Veo una glorieta, una canaleta que vierte agua turbia...». Cuando volví al cuartel, los colegas se debatían, con un afán grotesco de burla, en una discusión acerca de quién sería el siguiente. Yo reprendí el hecho. Alguien dijo que la humanidad suele ser monstruosa cuando se desciende del Sinaí. Alguien más dijo que era aceptable que, siendo el apellido de mi madre Leoy, anduviera preocupado. Era tonto pensar en esa opción. Tanto detalle excluía la osadía como posible virtud del criminal. «Ahora lo veo, lo veo claramente. Tiene como un profundo resentimiento en los ojos». Me incomodaba no saber con precisión la incidencia de su mirada; dejé escapar, luego, un exasperado bostezo. Estaba aburrido de todo lo concerniente a materia sobrenatural. Le pido a Farnsteiner que baje la pistola. No me oye, como siempre. «Hay algo en él, algo sobrenatural». No pude evitar pensar en la relación que existe entre la ciencia y lo esotérico, que casi es la misma que hay entre la razón y la percepción. Siendo, acaso, las últimas, una instancia anterior. (Conocí a un yoghi en Ludhiana que sostenía, mientras caminaba sobre brasas vivas, que todo hábito es una distracción, que el fuego quema porque hemos resuelto creer que quema). Siglos de conventículos científicos nos ha llevado a la irrevocable conclusión de que nuestra percepción del mundo es imperfecta; esta desavenencia concede, imperativa, cierto fuero a la divinidad. ¿Podrá el intelecto alcanzar la trayectoria del espectro? He contemplado, en algún momento, la torpeza como posibilidad; no hay mayor torpeza que tratar de interpretar la geometría de un dios. «Hay un signo, no comprendo su significado, es un carácter antiguo, escandinavo, creo, una runa, o quizás una S en el alfabeto tradicional, o quizás...».
—¡Un rayo!

La línea en medio del cielo

Francisco Ángeles
[Fragmento de novela]


"Cada acto lleva su justificación en sí mismo,
al menos para quien ha sido capaz de cometerlo".
André Breton




Tercera parte

EL CUADERNO

1

Al escribir sobre el pasado, escribió el viejo, las palabras caen como piedras y aplastan la verdadera historia, que queda deformada, oculta entre las sombras. El rumor se acalla y sólo quedan las líneas que pretenden capturarlo, escribió el viejo, y lo único que queda es una ilusión, el espejismo de una realidad falsamente representada.

El viejo estaba sentado al escritorio y escribía sin prisa, con una letra pequeña y ordenada. Empezaba a oscurecer, y se había detenido un momento para ver pasar transeúntes bajo su ventana. Acomodó el lapicero entre las páginas y aspiró el aire fresco de la noche que se colaba entre las cortinas abiertas. Vivía solo y últimamente ocupaba la mayor parte del día en llevar un registro coherente de la historia, un falso registro, una historia que nunca sería, que nunca podría ser, un verdadero registro.

Tiempo atrás, mucho tiempo atrás, incluso antes de la noche de su matrimonio, el viejo había conseguido un puesto menor en un ministerio. Tal vez allí debía trazar la línea, el límite arbitrario que necesitaba como punto de partida. El trabajo en el ministerio le dejaba libre a partir de las cinco de la tarde, y a la salida acostumbraba ir a un bar cercano a reunirse con un grupo de jóvenes que se sentaban en una mesa del fondo del local y pasaban las horas hablando de política. Pero eso fue después, un poco después, cuando ya tenía un par de semanas en el ministerio y había trabado cierta relación con la muchacha que trabajaba en la oficina de al lado.

Las cosas ocurrieron bastante de prisa. La primera vez que vio a Virginia no le causó ninguna impresión. La joven llevaba un vestido veraniego y una ruma de papeles en la mano, y al pasar delante de su oficina lo saludó de pasada con una naturalidad que le hizo pensar que tal vez lo había confundido con otra persona. El que mucho tiempo después sería el viejo que escribe, a quien a partir de ahora llamaremos Ignat, salió a la puerta de la oficina y la vio alejándose por el pasillo. Volvió a su puesto y siguió trabajando. Rato después, la muchacha volvió a pasar por delante, pero esta vez se detuvo en la puerta, le dijo su nombre, hizo algunos comentarios superficiales sobre el trabajo y volvió a desaparecer.

Cuando llegó el receso de mediodía, la muchacha estaba de vuelta. Le preguntó dónde tenía pensado almorzar. Ignat contestó que no había previsto nada en especial. Entonces la muchacha le habló de un restaurante cercano, donde se reunía con unos amigos que trabajaban en otras oficinas de la zona. A Ignat le pareció un poco extraño la coincidencia de horarios con gente ajena al ministerio. Sin embargo, aceptó acompañarla.

Salieron al tibio sol del mediodía, anónimos entre la multitud de burócratas que se lanzaban a las calles con un entusiasmo dormido durante el inicio de la jornada. Al llegar al restaurante, Virginia lo presentó a cuatro tipos que ya habían terminado de almorzar, e Ignat tuvo la rara impresión de que lo estaban esperando. Apenas cruzaban la puerta de entrada, y antes de que Virginia hiciera un ademán que le indicara dónde tenían que dirigirse, ya Ignat había notado que cuatro tipos lo estaban mirando. Casi de inmediato, mientras se iban acercando, los cuatro de la mesa fingieron sorpresa y uno de ellos hizo comentarios sueltos sobre un campeonato deportivo. Virginia les dijo su nombre y él escuchó el de cada uno de ellos mientras les tendía la mano. Pero era difícil quitarse de encima la sensación de que todo estaba preparado, de que ellos sabían de antemano de que Virginia lo llevaría, que sabían su nombre e incluso que habían visto su cara, tal vez en una fotografía. Vinieron los primeros comentarios, las preguntas sobre el trabajo (cuándo había entrado al ministerio, cuál era exactamente su labor), pero Ignat sintió que ellos ya sabían las respuestas. Había una rara artificialidad en el modo en que se alternaban las intervenciones. Todo era extrañamente claro, fluía con demasiada naturalidad. Ignat sintió que entraba a formar parte de una coreografía que ellos habían ensayado previamente, que era la pieza nueva que ellos esperaban encajar , y que incluso sus respuestas ya estaban previstas, que ellos sabían todo sobre él.

El mesero se acercó a tomar el pedido y después Ignat comió en silencio. Los demás parecían haberse olvidado de él, pero eso también debía estar planificado. Hablaban de diversos temas, pero él sentía que ésa era una conversación repetida, que cada uno ya sabía lo que el otro iba a decir, que muchas veces habían hablado exactamente lo mismo, palabra por palabra, como si cumplieran un libreto aprendido de memoria. Aunque tal vez estaba equivocado, y el cansancio por el duro trabajo de la mañana, la súbita aparición de Virginia y un leve mareo lo habían puesto en disposición de interpretar signos en el vacío. Quizá todo era demasiado vulgar, y por eso había sido tentado por la imaginación. Terminó de comer, convencido de que todo estaba bien y no había de qué preocuparse. A fin de cuentas, no encontraba un indicio concluyente para suponer que ellos estaban informados sobre él. No tenía más que un pálpito, y sabía bien que esa sensación podía ser absolutamente injustificada. Pero lo cierto que estaba allí, con esos cuatro desconocidos, llevado por una muchacha a la que acababa de conocer, y la rotunda certeza de la situación hizo que volviera a pensar que nada era tan inocente como parecía. ¿Qué hacía allí? Si estaba en lo cierto, y en verdad todo estaba planificado, debía haber una razón. ¿Qué interés podían tener en él?

Ignat miró su reloj y se alegró al ver que el tiempo del refrigerio llegaba a su fin. Repitió la hora en voz alta, como si ello bastara para dar a entender que debía retirarse. Esperó una voz de protesta, que alguien dijera que se quedara un rato más. Pero nadie lo hizo. Todos callaron e Ignat sintió que ése era un silencio calculado. Seguramente sospechaban que él sería el primero en mostrar interés en retirarse y no debían despertar sospechas tratando de retenerlo. Tenían que hacerle sentir que podía ir y venir cuando quisiera, que daba igual si se retiraba y no volvía más.

Ignat se puso de pie y Virginia lo imitó. Al despedirse, uno de los tipos le dijo que al día siguiente era el cumpleaños de otro, que escuchaba sin darse por aludido, y que en la noche se iban a reunir para celebrar a la salida del trabajo. De manera que estoy en lo cierto, se dijo Ignat. La cortesía no era, no podía ser gratuita. Ni siquiera lo del cumpleaños era creíble.

Ignat salió junto a Virginia del restaurante y en el camino hacia el ministerio la escuchó hablar sin hacer ningún comentario. El del cumpleaños, le dijo Virginia, se había casado muy joven, antes de cumplir los veinte. Tenía ya una década de matrimonio y últimamente andaba en problemas con su esposa, una mujer algo mayor que sentía haber desperdiciado su vida al lado de él, pero que se resignaba a ello incluso con satisfacción. El del cumpleaños quería terminar la relación, pero esperaba que la mujer diera el primer paso. De manera que usaría la vieja estrategia de convertirse en víctima. Pero la inversión de papeles no era tan simple. Esa noche no llegaría a casa, no sería su culpa que justo el día de su cumpleaños tuviera más trabajo que de costumbre. Se trata de despertar las sospechas, le dijo Virginia, sin dar la prueba definitiva. La mujer debe pensar que él anda liado con otra, y en algún momento será incapaz de soportar la situación. Pero siempre, incluso cuando decida abandonarlo, quedará un espacio para la duda. Siempre podrá suponer que tal vez él decía la verdad.

Entraban al ministerio e Ignat se preguntaba si acaso Virginia quería hacerle notar de un modo sutil que ellos tenían todo previsto. Hay que despertar la sospecha, le había dicho Virginia, agotar todas las posibilidades para despertarla. Pero nunca dar la prueba definitiva. Luego le guiñó un ojo, se metió a su oficina y cerró la puerta. Ignat volvió a la suya. Tenía bastante trabajo que hacer esa tarde, pero le costaba concentrarse. Después de un rato, resolvió que necesitaba un respiro. Así que fue a la cafetería del ministerio, pidió un botella de agua y se sentó a beberla de espaldas a la puerta. Miraba por una pequeña mampara el patio de los trabajadores y pensaba en cuál podía ser el interés que tenían en él. Por la manera en que se habían presentado los acontecimientos, parecía evidente que su elección no había sido al azar. No era una víctima intercambiable, un transeúnte que un ladrón elige sobre la marcha. No, lo habían escogido precisamente a él, y quien muchos años después sería el viejo que escribe era el primer sorprendido por la elección. Tampoco llegaba a entrever qué esperaban obtener a cambio. Desde la hora de almuerzo una sensación de peligro lo había agobiado, y sabía que lo más prudente era tomar distancia y alejarse del grupo antes de verse involucrado. Pero decidió ir a la reunión de la noche, al menos para descubrir qué se estaba tramando. Pensaba asumirse como un contraespía, y aunque desde una perspectiva práctica ese papel no le daba ninguna ventaja, al menos lo pondría en confianza consigo mismo. Si algo le llegaba a ocurrir, podría darse por satisfecho pensando que todo era consecuencia de un riesgo que decidió asumir.

Poco antes de las cinco, Virginia apareció en la oficina y le recordó la celebración del cumpleaños. Una hora después entraban juntos al restaurante. Los amigos de Virginia estaban en la misma mesa, como si no se hubieran movido de allí desde el almuerzo. Ninguno parecía tener un ánimo festivo, acorde con la supuesta celebración. El homenajeado repitió a grandes rasgos lo que ya le había contado Virginia, los problemas con la mujer y sus planes para terminar la relación. El único dato adicional fue que no tenían hijos y que lo atribuía a que uno de los dos era estéril, pero nunca se habían hecho pruebas para descubrir cuál de los dos era el afectado. Ignat pensó que le estaba dando una falsa prueba de confianza, que no era ninguna confesión espontánea sino un plan. No hizo ningún comentario y propuso pedir unas cervezas.

Hicieron el primer brindis. El del cumpleaños se había puesto de pie y anunció que sería más radical y que esa noche no pensaba volver a casa y al día siguiente no iría a trabajar. Dijo que cumplía treinta años y le parecía la edad ideal para renunciar al pasado. Nunca más volvería a ver a la mujer, no regresaría al trabajo. Lo único que quería era desaparecer. Era la única manera de poner en marcha el cambio que venía esperando por tanto tiempo. Cuando terminó de hablar, los otros aplaudieron y lanzaron exclamaciones de júbilo. El anciano se esforzaba por leer la escena entre líneas, pero no entendía bien lo que ocurría. Bebió otro vaso de cerveza y se dijo que, ya que estaba ahí, haría lo posible por disfrutar.

El que lo invitó a la reunión era un tipo al que los otros trataban con cierta distancia. Le decían Zeta y tenía la cabeza rapada. Mantenía un aire de superioridad y daba la impresión de estar acostumbrado a que las cosas se hicieran a su manera. Preguntó si alguien tenía un cigarrillo y, al ver que nadie le ofreció uno, le dijo a Ignat que lo acompañara a comprar un paquete afuera. Cuando volvieron, los otros dos se habían puesto a discutir de política.


La línea en medio del cielo ya se dibujaba entre las nubes (escribió el viejo a oscuras, muchos años después, sin encender la luz de la habitación y adivinando las letras perdidas en el cuaderno), pero es entonces cuando se va perfilando con claridad, se vuelve nítida, legible, necesaria. La línea se hace gruesa y quiebra el cielo por la mitad. Yo estoy debajo y es como si el cielo entero fuera a caerse en dos pedazos justo sobre mi cabeza. Intento cubrirme con las manos, pero el gesto es estúpido, no tiene ningún sentido, es una defensa inútil ante la inmensidad de lo que se desploma y está a punto de aplastarme. Lo extraño es que saco las manos apenas me doy cuenta de que no soy yo el blanco que se quiere derribar. Es a otro a quien se dirige el ataque, pero me resigno a la equivocación y acepto ser la víctima por error, juego a cambiar de identidad sabiendo que, en algún lugar desconocido, alguien quedará a salvo.

No es generosidad ni desprendimiento. Me gusta pensar en que tal vez yo también fui alguna vez salvado de un modo semejante. Pero no se me ocurre cómo ni cuándo pudo suceder. De cualquier manera, hay que actuar como si ya hubiera ocurrido. De lo contrario, hay que inventarlo.


En el camino hacia los cigarrillos, por primera vez a Ignat se le ocurrió que podía tratarse de un error. Si ir a comprar juntos no era más que un pretexto para dejarlo a solas con Zeta, tal vez allí estaba la prueba de la confusión. El plan no hubiese surtido efecto si él sacaba un paquete y le ofrecía un cigarro. Y era imposible suponer que ellos supieran que ese día no llevaba cigarrillos. Tal vez les habían dicho que no fumaba y se habían equivocado. Pero a la luz de los acontecimientos, el pasado siempre es capaz de ofrecer luces que entonces, cuando nada ha sucedido, permanecen ocultas. Aparecen indicios antes escondidos, se pueden leer señales que antes eran signos en blanco, no podían interpretarse. Así que, finalmente, las coincidencias eran posibles. Aunque tal vez no era el caso.

Monday, February 19, 2007

De autores respetables y famosos - Robert Jara

Y llegó el catedrático al pueblo.

Yo era uno los cinco gatos que había logrado pisar una universidad, y para colmo, la misma donde enseñaba aquel catedrático. Nunca había visto a tanto vecino junto para un evento cultural. Ya recuerdo, la propaganda decía que habría agasajo.

La vaca sagrada del pueblo lo presentó. Y lo juro, sin exagerar, que se aventó tal rollo, que cuando el catedrático, de terno y corbata, empezó la magistral disertación, ya algunos se habían quedado dormidos. Para colmo, una vieja roncaba en primera fila, boquita pintada, perfumada, bracitos cruzados, alhajada. El catedrático, para el roche, carraspeó, pero la vieja, ni con el culo. Sin más remedio, luego de arreglarse sospechosamente la corbata y sin dejar de acomodarse los lentes, con ese amague cojudo que delata a los intelectuales creídos, se derritió devolviendo bombos y platillos a la vaca, a quien por supuesto había conocido hace apenas unos diez minutos. Mientras tanto, la vieja, había subido descaradamente el volumen de su magistral roncadera. Pero él no le prestó importancia: estaba bastante ocupado en retribuir con una cordial sonrisa, la sonrisa complacida de la vaca, quien era vecino de silla de la vieja. Otra vez, se acomodó la corbata y los lentes, y por si las moscas alguien no había estado atento o recién había llegado, se gastó media hora en lamerse el ojo con fruición y sadismo él mismo; eso sí, magistralmente. No se le escapó mencionar ni una de las trece universidades, entre nacionales y extranjeras, donde había estudiado y enseñado, como tampoco dejó de forzar antojadizamente cierto grado de familiaridad, a la cual arribaba a través de los más disímiles atajos, con cuanto autor él etiquetaba de respetable y famoso; y un centenar de indiscreciones más por el estilo: como la pléyade de profesores eminentes que había tenido y la pléyade de eminentes alumnos que había formado; lo único que le faltó, por que no pudo y no por no quería, fue mostrar su colección de desteñidos pergaminos que sustentaban su tan publicitada excelencia académica. Abundó tanto en el tema que, honor a la palabra, no me acuerdo ni mierda. Pero eso sí, cómo olvidar los magistrales ronquidos de la vieja que para ser sincero, me caí en gracia. Yo gozaba cada vez que el catedrático entre carraspeos y acomodos de lentes y corbata, reprochaba los ronquidos lanzándole miradas furibundas; pero la vieja, como siempre, ni con el culo.

Cuando yacía medio abandonado sobre mi silla, sacándome flojeras de los dedos, aguantando bostecitos, ¡qué ironía!, oí que dijo: ahora sí amable concurrencia, de frente al grano. Pero fue un bendito bálsamo, y tanto, que me acomodé decentemente en mi sitio. Lo que vino, fue incomprensible, esotérico, magistral para los eruditos; lo único que sé, es que se la pasó citando y citando nombres de autores y las grandes elucubraciones mentales de éstos; según él, famosos, y por supuesto, muy respetables. La vieja, ni decirlo, seguía con la cantaleta de sus ronquidos; pero eso sí, muy respetables también; tanto, que nadie le decía ni pío. Por ratos la vaca sagrada, indignado, disimulada e infructuosamente le metía codazos para despertarla; pero eso sí, sin desatender al catedrático, quien aprobaba la medida con una sonrisa gentil y un pendejo reacomodo de lentes y corbata, sin cortar un ápice el hilo de su soberbia charla, qué cosa loca. Los ronquidos, hermosos, imán que no me deja huir despavorido. Entretenido entre la vaca, el catedrático y la adorable vieja, tardé en fijarme que un par de asistentes más hacía rato que habían caído rendidos en los brazos de Morfeo; tapé fuerte mi boca para que no escapara ni una hebra de carcajada; pero aún así se oyó un poquito; y lo sé por que el catedrático me desaprobó con la mirada, la cual coronó con un clásico reacomodo de lentes y corbata ¡que ya me tenía una bola hinchada y la otra a punto de reventar! Pero allí no acababa todo; el resto, a excepción de la vaca y un chato, que sentábase al fondo, libraban una lucha quijotesca, injusta, desmedida, por mantener los parpados abiertos; el flaco de mi costado graciosamente se echaba saliva a los ojos. Yo, prohibido quitarme la mano de la boca. Las citas seguían a la orden; los cuatro gatos despiertos, no hacían más que decir "sí, sí" con la cabeza; no sé si por purita inercia, para no quedarse dormidos o simplemente para camuflar y solapar la ignorancia. Mientras tanto, yo, a medida que avanzaba el tiempo oía más hermoso los ronquidos de la vieja; tanto, que llegué a sentir remordimiento por no haberme sentado junto a ella. Por otro lado, la elocuencia del "profesor" era envidiable, !vaya cuánto sabia!, !qué avalancha de ideas es su cabeza!, !Vaya, y de autores respetables y famosos! Pero un bálsamo repentino volvió a distraerme cuando oí que dijo: eso ha sido todo respetable concurrencia, muchísimas gracias. Por diosito, lo juro, ni sé por qué carajo pero me levante de mi sitio como si me hubieran reventado una bomba en el mismísimo culo, y me puse a aplaudir como loco. La hembrita de amarillo, al fin dejó de removerse los mocos con el dedo. Morfeo, ni darle vueltas, se palteó conmigo; y no por las huevas, pues mi furibundo aplauso le arrancó de los brazos a casi todos sus acólitos; digo casi, por que la vieja, nada que ver. El flaco de mi costado se paró aún somnoliento, creo yo, para rascarse el culo, pero hubo tal confusión que todos, uno a uno, se fueron poniendo de pie remedándolo; y el aplauso, por diosito, en menos de lo que canta un gallo, podía escucharse clarito a mil metros a la redonda. El catedrático infló el pecho; sonreíase; tenía cara de emperador romano dirigiéndose a su pueblo; aunque a ratos más bien parecía la cara que pongo tras vencer un puto estreñimiento; como nunca se acomodaba y reacomodaba los lentes y la corbata, regodeándose, moviendo la cabeza para atrás y para adelante. Todo me recordó el final de un concierto rancio y apolillado de algún pianista, disquen muy respetable y muy famoso. El aplauso inercial parecía destinado a ser eterno, infinito.

En la ronda de preguntas participaron muchos, pero claro, para transportarlo al paraíso a punta de halagos, excelente, magistral, buenísimo... Su cara, sinceramente, inspiraba una inexplicable reverencia, el humilde San Martín de Porras le quedaba chiquito, sus ojos tiritaban de gloria. Tras calcular que nadie más levantaría la mano, me atreví a levantar tímidamente la mía, congelado de miedo, claro, por que rompería el hilo de alabancia, y además por que me asusta tanto ojo clavado en mí al mismo tiempo. Quise ser mago y desaparecerme, pero nada; Luis y Dorotea que se daban piquitos en la banca del fondo me subieron la moral e hicieron que participe: profe, dígame en cinco palabras, ¿qué es la identidad cultural? Sonrió y me dijo, mierda acomodándose los lentes y la corbata, que era una excelente pregunta y no sé cuánta pendejada más. Tampoco sé cómo demonios, aunque me consuela el que él tampoco quizá lo sepa, comenzó con su cantaleta de citarme y citarme libros y autores respetables y famosos, e inflaba el pecho y caminaba como pavo real. No miento, citó 27 autores en 3 minutos, y es que para no aburrirme ni dormirme, en vez de atenderlo, mejor me puse a hacer estadísticas. Todos lo miraban con atención, con qué atención lo miraban, ¿cuándo acabaría?, que se apure, ya huele rico el agasajo, las tripas rechinan, y fue cuando el chato bien al arete y pelo pintado, aprovechando la leve y única pausa que el catedrático hiciera, tratando de recordar a cierto autor, respetable y famoso, prorrumpió desde el fondo: el chino podrá irse a Francia, a Perú, a la luna, a donde quiera, pero cuando vuelve, vuelve igualito de chino. El catedrático, carraspeó, le quitó la mirada furtivamente, se acomodó la corbata, y continuó con su clásica cantaleta. La vieja, abrió más la boca, le quedarían apenas tres muelas podridas, se reacomodó sobre la silla, soltó un pedo chiquito pero apestoso, y subió al máximo el volumen de sus magistrales y adorables ronquidos.

Tres poemas - David Jiménez Huarhua

VENUS TENTADA

Está frente al espejo examinando el reflejo de sus cabellos, los dedos inútiles tocan deliciosamente la cabellera excitada. Un pedazo de sol brilla en su habitación y acaricia con delirio su piel de hechizos. El reflejo tímido de su rostro influye en el deseo que recorre su vientre: cortarse los cabellos con la ayuda de sus dientes oscuros. Enciende la radio, la vieja melodía de una canción se desnuda en sus oídos, asoma su tristeza animal.

Va en busca del tiempo (sortilegio y suicidio) Evoca su imagen de niña, una niña desnuda corriendo tras la sonrisa de un ángel, un ángel que le desolla el vientre y se lo llena de gritos y muertas caricias. Palidecen los hombros de la doncella. Bruscamente recuerda a Eva, primera mujer, venus tentada, la condenada a ser solo una costilla, la elegida para ser ultrajada por la serpiente.


CRUCIFIXIÓN SERPIENTE

Observamos el loto desde el abismo

Nuestras manos se acercan a la nube fugitiva

Y se alejan del dios prisionero

Infame sollozo del cráneo crucificado

rumor del astro en la incandescente pureza

la tormenta de labios decapitados

desaparece el vuelo del pájaro cegado

para que la sierpe no se alimente de sus heridas

eternidad negra en la asfixia negra

la sierpe se arrastra por el desierto de espejos


LA ÚLTIMA MUJER

Una mujer roba lágrimas

Para calmar el incendio de sus delirios

Protege su herida

Y da comienzo a un sutil destino

Busca fuego más hambriento

Busca el cerebro de la soledad

Desnuda ante el amanecer de las rosas

Al joven dios nunca olvidará

Personajes de San Francisco 2

Fotografías de José Antonio Galloso


El abrazo





















El castigador





















Homeles




















Pareja





















Vendedor