Wednesday, February 22, 2006

Los últimos

Autor: Sebastián Esponda
(Huancayo, 1976)

Para aprovechar mejor el sol y elevarse sobre la creciente capa de contaminación que había dejado la última Guerra de Satélites, las Plantaciones flotaban a cinco kilómetros del suelo. Estaban construidas sobre plataformas de titanio, cubiertas por metros de capa de tierra orgánica, que ocultaba una red de irrigación. Por medio de una gigantesca tubería-ancla recogían agua y anhídrido de las ciudades y devolvían oxígeno, producido por los bosques cultivados en miles de hectáreas de un suelo químicamente fértil. Cada Plantación contaba con un complejo habitacional similar a un rascacielos donde vivía una comunidad de individuos dedicados a la conservación del biosistema. Aquello era parte de la política del Nuevo Sistema Mundial (NSM) para restablecer el ecosistema perdido, luego de las sucesivas guerras que habían envuelto a todos.

El alba se esfumó y el sol brilló casi al mismo tiempo. Era un nuevo día en la Plantación N8. La pradera era un manto limonado que rodeaba el rascacielos aún envuelto en el silencio que venía del bosque.

Una lengua de sol penetró por la ventana del cuarto, lo despertó. Por un instante, sobre la cama, contempló la blancura del cielo raso colorearse de un tono amarillento, cálido. Comprendió que era hora de trabajar.

Se puso el uniforme acostumbrado y salió a realizar las labores que le correspondían en la Plantación. Afuera se encontró con el viejo Al, otro trabajador.

—Qué hubo, Al. ¿Cómo estás? Listo para el fin de semana.

—Con este maldito calor quisiera estar abajo en la ciudad, disfrutando de las tinieblas perpetuas, y no aquí friéndome a fuego lento en esta plataforma.

—No se está tan mal, Al. Recuerda que mañana es día de paga. Bajaremos a la ciudad, buscaremos un bar, alcohol, dermos, mujeres, y luego mujeres y después más mujeres.

—Sabes muchacho… a mi edad me conformo con una erección.

—Vamos, Al. Anímate.

—Humm.

Iban por unas escaleras-ascensores hacia la zona de embarque, rodeados de otros uniformes coloreados de acuerdo al piso y la sección en donde trabajaban. Era un ejército de trabajadores listos a darle batalla a la tierra a comienzos de la primavera.

—Ya estoy demasiado viejo para bajar en estas cosas, mucho zarandearse a lo horizontal, a lo vertical, me produce mareos. Pediré que me cambien a la sección de los mecánicos, en la primera planta; si no, me largo.

—Sólo puedes hacerlo si eres mecánico.

— ¿Y qué? Si necesito aprender algo ellos me enseñaran, tengo amigos en esa sección.

—Estas muy viejo para aprender, y las leyes NSM prohíben cambiar así como así de trabajo. Para cada profesión hay un diseño de vida determinado, ajustado a las necesidades, ya nada se deja al azar como antes.

—Tienes razón sabelotodo. A veces quisiera que todo fuera más fácil.

—Por qué no disfrutas un poco más de la vida, Al. Mira, si me acompañas el fin de semana: yo invito los tragos.

—Ya estoy viejo para esas cosas. El nuevo hígado sintético que me pusieron hace dos años no ha sido diseñado para soportar el alcohol. Tú sabes lo difícil que es conseguir uno de buena calidad en el mercado negro, y sobre todo con mi sueldo.

—Entonces te compraré unos dermos. Es más, serán dermos de testorena, te los adhieres a la piel y… ¡zas!, directo a la sangre.

—Y después pasará lo peor. Ya me lo imagino. Me los colocaré en el escroto mientras me dirija a la zona rosa, aparecerá algún chulo y me ofrecerá su mercadería. Para entonces ya estaré besando el cielo y le creeré y le daré mi chip de créditos. Me llevará a un cuarto oscuro iluminado con una bombilla de plasma de baja densidad. Allí estará una escultura de mujer poco sesos, y me la pasaré bien hasta que me dé cuenta de que su piel es muy fría y lisa, allí, donde no debería ser… Y sí, maldición, sucederá que es un droide, un modelo antiguo hecho para el placer. En la penumbra, su piel de resina elastómero la delatará, toda sin poros… ¡Oh maldición! No gracias, muchacho.

—Eres un aguafiestas, Al. Es cierto que casi el setenta por ciento de los habitantes del mundo son droides; pero yo conozco un sitio donde hay mujeres de verdad.

—Y son feas como un sapo y llenas de prótesis de la era nuclear ¿Verdad? Mierda. Si lo pones de ese modo prefiero a las droides, pedazos de cables. En serio, muchacho, esas cosas saben sacarle la leche hasta a un pedazo de piedra. Prefiero hacérselo a una escultura de plástico que a una bola de sebo.

—Vaya, Al, bueno. Si te decides me avisas. A propósito sabes que esas cosas no envejecen, no se cansan, no respiran, no duermen, no sienten calor, ni frío. Es más, los pobres ni siquiera saben lo que son. Creen que son seres humanos, con recuerdos y todo. Y el día que descubren la verdad enloquecen, su programa principal entra en conflicto con todos esos emuladores de sensaciones que cargan. Ellos no saben disfrutar de la vida en verdad, ni siquiera están vivos, vivos como las plantas y los animales, digo… Aparecen y ya, algunos parecen viejos, niños, jóvenes, pero nunca cambian. ¿Cómo se le puede pedir a una máquina que imite el ciclo de la vida: nacer, crecer, morir?

—No sé muchacho, pero al paso que vamos un día sucederá. Ya nada me sorprende. A veces me hubiera gustado ser una de esas cosas. Son sólo máquinas. Los sentimientos y los sufrimientos del hombre están lejos de su alcance.

—Qué poco aprecias la vida, de verdad… No te olvides del enorme vació de locura y desesperación que deben sentir cuando entran en conflicto al descubrir que todo sus recuerdos y ellos mismos son sólo artificiales.

—Humm —repuso Al.

Luego de bajar, subieron a los vehículos de transporte que los llevaron hacía unas parcelas de tierra donde tenían que sembrar árboles y verificar el crecimiento de otras especies. La radiación solar calentaba la Plantación N8 y a sus trabajadores, todos protegidos por una pelícúpula de ozono.

Al mediodía, a la hora del descanso, se echaron bajo la sombra de un roble macizo como un elefante, que Al ayudó a crecer sintéticamente en dos años.

—Oye, Al, ¿sabes qué leí en un periódico la otra vez?

—No.

—Dicen que los científicos están perfeccionando programas y sensores especiales para que los androides capten la sensación de calor y frío. No sé cómo harán para implantarles esas cosas sin que entren en conflicto.

—No me importan esas chatarras. Ahora sólo quiero descansar. Soñar con un bosque en la tierra, no sobre un plato volador… Un cielo azul de primavera… Un paisaje de antes de la Guerra de los Satélites… Estoy tan cansado.

Al cerró sus ojos, los cuales, durante ochenta años, le habían permitido observar el mundo cambiando a cada instante.

—Al, el otro día leí que los científicos pronosticaban que dentro de ochenta años la tecnología se desarrollará tanto, que los droides serán más orgánicos, y podrán crecer y envejecer, pero no llegarán al pleno entendimiento de algunas sensaciones, como nosotros; o sea, no podrán saber cómo es respirar o fatigarse o sentir el placer de una brisa al mediodía. También leí, no recuerdo dónde ni cuándo, que un ecologista dijo que la última especie en peligro de extinción, luego de que todos los animales desaparezcan, será el hombre. Él propuso al NSM que cuando quedemos muy pocos se pongan placas en el lugar donde hayamos muerto, para que esas máquinas se recuerden de nosotros, sus creadores. ¿Te imaginas lo que dirá mi placa, Al? ¿Te lo imaginas, Al? ¿Al...? ¿Al?

Al día siguiente, bajo la sombra del roble, yacía descansando solo, el amigo de Al. Pasó por allí un trabajador de la Plantación y se detuvo frente al árbol. En voz alta leyó la inscripción de la placa de acero colocada en el tronco del árbol.

—"Al último ser humano, quien yace bajo las raíces de este majestuoso roble que sembró y cultivó con sus propias manos. En memoria de Al”. ¿Conoció a este humano? —preguntó.

—Fue mi mejor amigo. Pero la placa se equivocó. El último de los humanos soy yo. ¿Lo has entendido, droide?

—Ah…Ya veo, usted es el modelo defectuoso que andaba buscando el NSM desde hace tiempo.

—¿Qué?

—A todos los de su serie los reemplazaron hace ochenta años. No sé cómo se les escapó usted. De todas maneras no se preocupe. Su memoria se volverá a reactivar en un nuevo cuerpo. No sabe cómo ha avanzado la tecnología.

—¡Yo no soy una máquina! —gritó furioso, incorporándose—. No soy una máquina... No soy una máquina… No soy una máquina… No soy una máquina…

Continuó hasta que empezó a convulsionar y se desplomó. El otro fue a buscar ayuda.

Debajo del roble se retorcía una forma humana enredada en chispazos de electricidad y traqueteos. El cielo, azul profundo a esas horas, derramaba un baño dorado de luz y soplaba una brisa de aire puro y fresco que jamás sería respirado por un hombre.